domingo, 31 de octubre de 2010

80º- Teatro de marionetas


Soy una nulidad inventando personajes, no los siento ni los comparto, no puedo apropiarme de ellos, entablo un diálogo que termina por confluir en una sordera compartida, ambos –ellos involuntariamente- nos tomamos por personajes que se contraponen, el escritor y su creación, la creación que se resiste a ser un títere en manos de la poderosa muñeca del inventor. Cuando empieces a vivir comprenderás lo superfluo de narrar, el engaño que trasciende a la montonera de palabras y te agarra del cuello y te lo aprieta asfixiándote la mitad de un sueño. Cuando B y M, que son antagonistas del cuento en el que se juran odio infinito, se reconcilian y declarándose en huelga miran al cielo dibujado, a las aves que transmigran entre diferentes escenarios, miran al cielo y levantan un puño maldiciendo al que esté detrás, a mí, a su benefactor, a la mano que mece las circunstancias, a mí, que veo como del papel emergen dos hombrecillos a los que privé de características físicas siguiendo el consejo de Saramago, a mí, que los hice sin maldad, contradictorios como se supone en la teoría que deben ser los rasgos si no quieres que te salpiquen, si no quieren que te queden maniqueos. Me gritan que estoy acabado, que soy un fracaso, uno de esos frustrados que imaginan porque están imposibilitados para llevarse a la práctica, son mis experimentaciones, pequeños monstruos humanos aunque de tamaño diminuto que salen a la realidad para rendir cuentas al creador. Suerte que no tienen objetos afilados con los que amenazarme, en los bolsillos les introduje una brújula a cada uno, un pañuelo negro para abrigar del frío a B, una cartera repleta de billetes y de carnets de identidad a M. Son Kafka matando al padre de un disgusto, son una pesadilla que se niega a pernoctar en el libro de los muertos y que me paraliza, con la que estoy obligado a ceder terreno pues en caso de negarme, me advierten, lo único que me restará por escribir será una carta a mi editor que relate, esforzado en conseguir credulidad, cómo las chinchetas de colores clavadas en el mapa de la narración se volvieron del revés y mostraron su aguja, y mostraron que ante las personas convertidas en literatura más vale que seas precavido.
Los dejo apoyados en los bordes del portátil, alterados, planeando una estratagema que duela, con la que me escarmienten. Voy a beber un trago de agua, a empaparme la cara con lo que salga del grifo, a mirarme en el espejo fumando un cigarrillo, por cerciorarme de que la imagen del reflejo no es un extraño, para escapar a la mirada de estos símbolos de locura o de soledad. Quisiera verterles una cacerola en ebullición por encima, quisiera espantarlos golpeándolos con los dedos como se hace con las canicas, quisiera no haberlos pensando siquiera. Reniego de las figurillas de barro. Quisiera soplarles un huracán o apagarles un cigarrillo en el cogote y prenderles fuego. Y sin embargo no puedo, porque de ellos dependo, y lo saben, y lo usan como baza con la que amedrentarme, y su destrucción conllevaría mi suicidio, y mi definitivo silencio. En las encrucijadas las alternativas tienen sus punzadas de dolor y sus suspiros de alivio, ninguna de ellas va a satisfacerte, tampoco en ninguna de ellas encontrarás eso que llaman paz. Regreso a la mesa de trabajo, donde nadie grita, ni carga odios en la pronunciación de mi nombre, regreso al limbo en el que se abrió una abertura que dejó escapar a los personajes de la jaula de sus vaivenes, miro atentamente la pantalla, el fondo blanco ahora, del que se borraron las acciones que con tanto detalles relaté, el polvo de la página vacía donde danza el puntero intermitente, rogando que le golpee, implorando unas letras que lo hagan útil, que me hagan productivo, que saquen del caos de la mente las palabras desordenadas y las sitúen sobre la calma del monitor que se alimenta de la electricidad de mis dedos, que es el guardián y carcelero de los personajes. Pestañeo y ya no estoy rodeado de un vaso de café, de unas hojas sueltas de pasado, de un cenicero comido de fósforos, pestañeo y estoy en esa fiesta que abandoné porque no me sentí en momento alguno, en esa fiesta, solo, y por lo tanto sin estar, hasta que me corrijan, hasta que un teclear amigo me saque del desdibujo y me ponga tal y como me pienso. Ahora soy L, y entiendo, y comparto con los personajes la ansiedad del atributo extraviado. En un mismo plano de realidad todos cabezas debajo del sol que de Este a Oeste nos adormece, espectadores de un concierto en el que el solista sólo distingue cabelleras y algunos perfiles distraídos, en un plano de partos y abortos, de hoteles malditos, de disfraces, de tantas caras y tan iguales todas, en el plano de las realidades confusas, muy lejos mi condición de escritor, apegado, al fin, a la condición de ser humano, o siendo quisquilloso con las terminologías, raptado y en cautiverio en el centro del vacío, en el que parece- estuve equivocado, rectifico- que lo que abundan son las cosas, eso sí, invisibilizadas, esperando que les den cuerda para echar a rodar.

79º- El día en el que el Nobel fue Vargas Llosa



Al no disponer de televisión, ni de una radio que me tenga al tanto de los avatares del mundo, me enteré a las cinco de la tarde, topándome con la portada del diario en el que el escritor publica puntualmente cada domingo una columna en la que pasa revista a la situación de su continente- que en esencia es el mío, el de nosotros-, notando que el vello del brazo se me erizaba y que sentía unas irrefrenables ganas de exclamar que ya lo dije, lo venía avisando, era imperdonable que el narrador de la crónica sudamericana desengañada no fuese reconocido con el galardón por el que babean los novatos que se ponen una meta, por el galardón que sigue ninguneando a Philip Roth. En la portada, rodeado de texto, una foto, y un titular: Nóbel Vargas Llosa. Y es que siento afinidad ante las opiniones del autor, como él yo abandoné posiciones extremas por otras más equidistantes, quitándome de encima las exacerbadas proclamas de ideales teorizados hasta la extenuación, aunque no comulgue con cierto liberalismo le doy la razón a su realidad en lo esencial, el retiro de lo mundano de la mesa del escribiente, la libertad de no ceñir la idea al mensaje. Así que me felicité porque compartimos lengua y yo también admiro a Flaubert y detesto el populismo de la IV Internacional Bolivariana. Sentí que compartir una lengua es entender la intimidad de los significados, las vivencias de la que todo narrador que se precie hace gala para desentrañar la historia que tiene que contar porque puede y no le resta elección, hacerlo. Se me apareció la efigie de Hugo Chávez cuando- seguro que un presidente electo democráticamente dispone de conexiones de red y de alertas de móvil que le ordenen lo frenético de sus quehaceres- tomando un café se enteró de que el que había declaro ser su encarnizado adversario era ascendido a los altares de la prosa, al panteón de las letras grabadas en oro, acompañando a Coetzee, a Bellow, a Mishima, o al mismo Winston Churchill. La figura descuidada del venezolano, la cabeza apoyada en las manos, quizá llorando, puede que maldiciendo a la totalidad del pueblo sueco, me produjo un hilarante ataque de desenfreno, tal que di saltos por la avenida que se extendía ante mis ojos, mientras la gente que paseaba se abría para cederme paso, asustadas de ese loco que da gritos que no se le entienden, ese loco que para variar hoy tiene algo por lo que alegrarse.

El día que el Nóbel fue Vargas Llosa, fue por lo demás, un día que se salió de los cauces. Al subsiguiente escándalo público lo siguió una detención, seguida de una serie de preguntas de un par de policías municipales, que insistieron en que mi actitud estaba injustificada y que deberían ponerme una multa para que escarmentara, no fuera a ser que cada vez que concedieran un premio literario (desde el Hiperión de Poesía al premio de la Casa de las Américas) yo fuera a montar una algarada que pusiera patas arriba la ciudad. Eso o demostrar que mantenía una relación de amistad con el premiado, en cuyo caso se me exoneraba de culpa dada la cercanía y el consecuente gozo que sentía por la dicha de un amigo. Por supuesto me inventé una historia en la que ambos, el Nóbel peruano y el mentiroso caradura, coincidimos e intercambiamos pareceres y algún que otro tequila en una cantina de mariachis. Historia rocambolesca y que me enrojece al repensarla por ridícula e increíble, pero que cumplió su cometido, salvándome de una multa y rogándome uno de los miembros de la fuerza de seguridad que le rogara al Nóbel que visitara prontamente la ciudad, que acudiera con la excusa de un simposio de escritores paralizados por el trajín de las presentaciones y ruedas de prensa o con la intención de hacerme una visita. Recalcó el policía- alto y desgarbado, de compostura inestable- que cuando el literato viniera, firmara autógrafos y derrochara simpatía, hay que cambiar la visión del escritor hosco y malhumorado por una que lo haga un ciudadano más a pie de calle. Para terminar los trámites, el avispado guardián de la ley- el delgado, el rechoncho cazaba moscas invisibles- me insistió que le firmara un autógrafo en la palma de la mano, en la creencia de que todo aquel que conocía a Vargas Llosa era un genio y que podía presumir de haber sostenido con un miembro de la élite una amena conversación de igual a igual.

El día de Vargas Llosa espero se convierta en festivo para los hablantes de lengua castellana, aunque obligue a canonizar a Aleixandre o a José Cela o a Octavio Paz, todos ellos inmerecidos ocupantes de las adoraciones de los filólogos. San Vargas Llosa, vilipendiado por los pensadores de la progresía, leído noche tras noche en los desvelos de José María Aznar, Vargas Llosa, aquel presidente que se perdió el Perú de Fujimori, el autor de los artículos de la corriente contraria, el que me salvó el día, o al menos la tarde de Octubre del año de la niña mala de 2010, púgil en el cuadrilátero del grupo Prisa soltándole directos a las mandíbulas de los revolucionarios de cartas de racionamiento, Vargas Llosa, pásate por Granada, por la Granada de tu admirador Muñoz Molina, y nos tomamos unas tapas con los policías, que irán vestidos de paisano, y corroboras mi versión de los hechos, tú que eres omnipresente, a la derecha del Atlántico, a la derecha del Pacífico, más a la derecha ¿y qué?

78º- Perspicacias


Sadam Hussein le dijo a uno de sus colaboradores justo antes de aglutinar en torno a sí y sin fisuras el parlamento iraquí en la década de los setenta: Conozco al traidor antes de que él mismo se de cuenta. Premoniciones, deja vu, sensación de haberlo vivido, de conocer la historia y el parlamento de los personajes en la obra que representan y que es anunciada a bombo y platillo como primicia mundial, como haciendo el doblaje desde la platea, el anciano al que llevan al cine a rastras y conforme se abren los títulos de crédito con la presentación inconfundible de la Universal, se levanta y enfila el pasillo hasta la salida repitiéndose que esta película ya la tiene muy vista. Ricardo que aglutina el puré en los bordes del plato, que se levanta para aumentar el volumen del televisor, no le importan los tejemanejes de un diputado con su secretaria arrodillada bajo la mesa de su despacho, no le importa si mancha el mantel o si suena el teléfono y la narradora de la redacción de informativos cubre el timbre y es una llamada urgente, de esas a vida o muerte, en la que te ofrecen un destino en la ciudad soñada con un salario superior, de esas que te anuncian ganador de un sorteo ante notario por el que has sido agraciado con un rutilante juego de cubrecamas, no, Ricardo está en el pozo, sumergido en el autismo de la preocupación, dando vueltas a la cuchara sabedor de que escucha la última conversación a gritos entre sus padres, que ahora pelearán por la custodia y por auto todoterreno, sus papás se van a divorciar y los abogados le tirarán de la lengua intentando que deje en mal lugar a uno de los dos, Ricardo que llora y las gotas le caen de las mejillas, que va a ser objeto de disputa, que se piensa fuente de todos las desdichas, porque no obedece cuando se lo mandan y se acurruca en la complacencia paterna, porque no surtió el efecto deseado en la pareja que apostó los fichas al hijo que ensamblaría las desavenencias y los roces, Ricardo de mayor visitando al psiquiatra con un panel de desorden afectivo severo, queriendo deshacerse del tercer ojo que profetizan los budistas, huérfano de cariño, rico en videncias de las mierdas nuestras de cada día.

A mí, y no me cubro de flores, se me da del carajo preveer. Sigo una metodología diferente de la usada por los estafadores que leen las manos o una bola de cristal, me siento y dejo que el que acude buscando ayuda se explaye, que hable de lo que le preocupa, que diseccione el conocimiento que tiene sobre sí mismo, una vez me he formado a su persona, tengo una idea nítida de cómo actuaría en ciertas circunstancias inverosímiles (entra en bancarrota, le anuncian que padece cáncer de páncreas…), entonces soy el vagón de tercera de un ferrocarril que misteriosamente adquiere una velocidad desproporcionada, la velocidad de la luz, la que lo conduce directo a la estación de tren del futuro, y allí me apeo y le sigo los pasos y veo, y regreso y le explico: pues mira, deberías romper los lazos y viajar, cálzate un zapato cómodo, hazte con una cantimplora y dirígete hacia el norte, a donde el frío mate las bacterias que te infectan y que te están corrompiendo el ánimo. O le digo, serio, convincente: opta por esperar, conocerás a un animal abandonado al que sacarás de la calle, un pobre cachorro que incitará tu instinto maternal, instinto que te orientará en la preferencia, que te va a despejar el camino. He llegado a presumir de ser un adivino pero sin creérmelo, por lo que no monto una consulta que se anuncie en televisión a altas horas de la madrugada, por lo que acudo a los gritos sólo para acrecentar la leyenda, la del escritor que con un índice de probabilidad elevadísimo clava sus predicciones. Si creyese en serio que soy un adelantado, uno de los contados que desmenuzan realidades intangibles, me dedicaría a las apuestas deportivas, iría a canódromos y casinos para hacer saltar la banca, pero no sé, los entramados de la vida humana se me dan bien, llámame charlatán, llámame embaucador.

Francisco rellena el informe y se lo pasa a su superior. Lo ha terminado conforme a los plazos, ha procurado que la redacción fuese liviana, nada de densidades y hermetismos en los trámites burocráticos, y babea imaginando el bizcocho que lo espera en casa, recién sacado del horno, que mojará en una taza de café con dos terrones de azúcar, café ardiente que lo saque del horario laboral. Piensa en ello Francisco cuando le comunican que está citado en el despacho del subdirector que le hablará de un asunto crucial e ineludible, y se amilana y le implora al bizcocho para que lo espere inmaculado en casa sin que sus adorables hijitos lo destrocen a zarpazos. Me contará luego que tenía ahí el pálpito de que lo iban a despedir, por lo que se centró en el manjar hogareño mientras le señalaban con el dedo de la firmeza por haber falseado las cuentas, por el desfalco que había puesto a la empresa en jaque y que diera gracias que no lo denunciaran, de llevarlo a juicio perdería el orgullo y cualquier oferta de trabajo que una compañía del gremio pudiese ofrecerle. Debía para ello firmar unas cláusulas de confidencialidad, en las que la letra mayúscula aclaraba que no le pertenecía indemnización alguna, que le obligarían a comerse el bizcocho con ansiedad, sin unas palabras de elogio hacia la cocinera, mascando la masa como mascan el fracaso los que se habituaron a triunfar. Francisco toma el taco de folios y los engulle, demasiada levadura, muy blandos. La perspicacia innata no le dejaba ver el bosque, ni de paso la jeta del que fuera su jefe y que estupefacto llamaba a su secretaria por el telefonillo para que diera parte a seguridad. Un individuo metalizado y con gafas de sol que sacaba a patadas al empleado que se endulzó el despido con la seguridad del bizcocho que chorrea por el extremo café cargado y oscuro, el empleado que ante lo inminente se resignó y no contrarió al destino intuido, pues de hacerlo ¿acaso lo variaba?

domingo, 26 de septiembre de 2010

77º- Je t´aime... ma non plus


Confieso que he amado. Manejo un monovolumen con un disco de Serge Gainsbourg sonándole al sufrimiento compartido, manejo la situación cargado de ojeras, manejo y quisiera dar un volantazo y salirme de la carretera, pero no me dejo. He susurrado en oídos como escaleras de caracol, en tímpanos cargados de sensibilidad ante las palabras amables, ante los tonos que propicia el cariño, le susurro ahora a la ventanilla a medio bajar por la que expulso las cenizas ya gastadas y que de a poco van acercándome al filtro, le gasto a las intenciones su significado y al amor una broma, parloteo para una cinta grabadora, amarrado a la conducción, con un doble en el retrovisor que me persigue y al que quisiera driblar escapando de su ámbito de visión, sumergido en las luces de neón, en los carteles que parpadean cual es el límite existencial de la carrera, apresurado a ninguna parte, tampoco hay a donde ir. He amado a hembras que torcían la percha y bamboleaban los hombros y se dejaban caer el amarre del sujetador con la destreza de un David Copperfield que se desata las cuerdas observándolas fijamente, sin trampas. He naufragado en costillas mástiles de bergantines, brújulas en medio de una tormenta que ladeaba la popa y mojaba los cabellos de los contramaestres de proa que intentaban equilibrar el peso de la carga para no ahogar la travesía, costillas a las que ni un vegetariano osaría resistirse. Me han embrujado pupilas que se estrechaban en los bordes, que formaban la perfección de un agujero de gusano o de una atracción de parque acuático que te mantiene a oscuras cayendo hasta el golpe de luz, les he rogado que no me desviaran a la buhardilla que tiene toda pupila, pupilas nacidas de una resistencia prolongada a las sombras, a los fantasmas de las historias apasionadas de las novelas rosa, pupilas que vieron únicamente aquello que no las rebajase a un adjetivo que anteceda a esplendoroso. He querido imposibles, y me he conformado con lo contractual de asaltar sábanas de hotel derramando en ellas champagne, felicidad, derramando lamentos cuando el servicio de habitaciones te advierte de que es momento de reinsertarse en el mundo. He amado las protuberancias y las simas del sujeto que enterraba la depresión en el sulfuro, los padecimientos cotidianos sumergidos en el Triángulo de las Bermudas, colgando- Cary Grant mortificando sus talones- de la comisura de tus labios que se negaban a darme un teléfono de contacto, una cita suspendida en el recuerdo de gigante filmada en contrapicado que me quedaba junto al tapón del corcho, pruebas, fetiches de un coito desmitificado, prueba de que te quise apoyada en la almohada, acompasando el resuello, de que te querré chica de una noche.

Suponer la pasión como un segmento, el camino del prostíbulo a casa de mamá que prepara la cena, macarrones gratinados; la senda de los drogadictos que pinchan brazos y pinchan a los turistas con una uña larga y sucia que se siente igual el filo de un cuchillo; el amor que civiliza a legendarios indomables que caen rendidos ante la llamada de un perfume que desprende cerezas de primavera del tamaño de ciruelas, que lame entre se postran y glorifican y salmodian el empeine que les está vedado lamer, porque es cosa pervertida y la domadora lleva el látigo precisamente para estas situaciones en las que los amantes se toman la licencia cruzando lo permitido; el amor a una declaración de infinito caída en el olvido de la infidelidad o del aburrimiento de las tazas de café que saben a pintalabios marchito, a licorería de sillón y documental de ornitorrinco; el amor en una expresión tomada al azar, en la carrerilla que toma una lanzadora de pértiga, que se clava aquí- señalas- en el corazón, un embuste que apetece exprimir, sacarle el jugo a la devoción del otro, a los lisonjeras carantoñas e intimidades que compartís viendo de amanecer a la ciudad plagada de turistas, Turín, Frankfurt, Marsella, la ciudad de la que se evaporan frases tipo: “debimos conocernos en circunstancias que nos fueran favorables y no a destiempo” “lo que suceda en estos días lo dejaremos olvidado en recepción, que el custodio sea el botones de la entrada, que la caja fuerte sea de máxima seguridad” “lo siento pero ha terminado como terminan las series de televisión que enganchan temporada tras temporada, y el brusco viraje del guión no permitía continuar, hemos clausurado y las reposiciones las pasará el remordimiento a menudo, a altas horas de la madrugada”. He amado y querido y deseado, he sido el instinto sumergido en una bañera en la que la camada de gatitos fue reducida, he renunciado a los sentidos, Walt Whitman asexuado, he llorado eyaculando sin que se notase, he sido tachado de indecente, de obseso en el querer, de posesivo. Pero no más, me confieso, si la producción de Goya se engrandece al cercenarse parte del sentido auditivo, si Melville compone a un mudo e inepto y es la referencia aun así pasen cien años, renuncio a los sentidos, me amputaré la yema de los dedos que me descubrían el altiplano de las pieles de desconocidas que anhelaban que las conocieran, me cortaré la lengua rasgando la posibilidad del beso de tornillo, me castraré si fuera necesario para conducir por entre las imágenes siendo diferente, reviviendo diferente los habituales contrapostos, las rutas de las líneas de las manos que colisionaban, conducidas por el envejecimiento, contra una pared marmórea en la que hay un graffiti dibujado en amarillo nicotina: Yo, tampoco.

76º- Probando, probando


Hoy tostando pan de molde, en la tostadora que me alivia cuando quiero fumar y no cuento con mechero, en la tostadora que guardo en la cocina, junto a vendajes y medicamentos, donde las tijeras y el cortaúñas, en ese espacio libre entre la lavadora y la nevera, recuerdo las veces en las que se me ha calificado de misógino, como Billy Wilder, como Oscar Wilde, como Giacomo Girolamo Casanova. Nunca se es misógino con la mujer que se ama, me dijo aquel mismo que apostilló, nunca se es lo suficientemente misógino para saltear el futurible quebradero de callar las chanzas machistas. Y ese tipo tiene éxito entre el sexo opuesto, y lo ves, allá, ofreciendo su asiento a una dama en el autobús y piensas, menudo bocazas al que no le cunde lo que predica, los misterios abundan, la humanidad no está preparada para que las circunstancias sean todas certezas. Y abre la puerta del copiloto del auto que conduce, con cuidado de que el abrigo de pieles no se le ensucie a la señorita, y exclamas como si a lo que te refieres fuera una evidencia compartida, nada como la intriga del que pasará después. Él que comparado con ella queda a la altura del betún, y sin embargo asentará el amor fogoso en cariño y éste en hábito y formará un ambiente acogedor con la mujer que lo supera en múltiples facetas, que en un concurso a preguntas y respuestas de cultura general lo barrería del tablero. Que sea el elegido no resta inteligencia a la chica, pero te cuestionas que el no ser tú el elegido sí que se la reste, un porvenir que prefiere empequeñecerse al lado de un cabestro antes que tocar lo excelso de la compresión y los piropos aún con el rostro sin maquillar, recién amanecida.

Ayer tostando una rebanada que untaría de mantequilla y mermelada de fresas amargas, pensé en Kavafis y los viajes que nunca realizó. Si quisiéramos acomodar la Odisea a nuestro tiempo reescribámosla pensando que somos Kavafis, a la imprenta mandaríamos un híbrido entre el Ulises de Joyce y el Hombre sin Atributos de Musil. Pensaba a raíz de un concurso de relatos en el que el veredicto del jurado volvía a serme favorable, era el ganador por unanimidad, dada- copio y pego- “la asombrosa capacidad de condensar la narración en un tiempo reducido, de experimentar mientras la linealidad la pasa por la licuadora de las ideas lapidarias, ideas puestas en boca de los muchos que es, de los heterónimos personales en estado de alerta ante una elección de la que quieren ser partícipes. Se le premia la modernidad que conjuga tradición y renovación de las letras y del idioma”. Estaban elogiando algo escrito que giraba en torno al regreso, a la vuelta a los orígenes que se abandonan y se retoman y se enfrentan con la realidad inmutable de los objetos indemnes al cambio. Encumbraban una paradoja, la de que yo, como Kant o Kavafis me resistía a abandonar el hogar. Padecía de agorafobia, hacía del folio una ventana, del bolígrafo un quehacer normal que me permitiera sentir el palpitar de lo que acaecía allá afuera, que midiera la temperatura del asfalto y el vapor de las fábricas. Otorgaban su gracia de jurado a un fingidor que desde las sombras estaba edificando un mundo propio que se pareciera al original, y que por cierto a la vista está, no va desencaminado.

Mañana prepararé el desayuno, la costumbre, ejercitando el intelecto, con un ojo puesto en la cafetera para que no rebose, con el plato preparado para que el pan chamuscado no ensucie la encimera, y repasaré los motivos que pudieron conducir al suicido a David Foster Wallace, a Silvia Plath, al profesor de historia que disfrazado de Pompeyo y gritando loas a la república (los presentes no se ponen de acuerdo sobre a qué república, si a la segunda española, si a la tercera francesa, si a la utópica de Platón, sobre si al periodo republicano que duró siglos en la antigua Roma). El suicidio como una de las bellas artes, el suicidio- musitaré- salida que toman los valientes a los que despojaron de las armas con las que defenderse y de las insignias que la vida les tatuó en el pecho, encima de la pezón izquierdo al modo en que se llenan de cargos los oficiales del ejército. El suicida que se condena al infierno y a un enterramiento en las lindes del cementerio, que renuncia a ser recibido por San Pedro. En concreto, el suicidio de los escritores, la causa de muerte más común entre ellos en dura pugna con el abuso de la bebida, los escritores a los que el plumero se les fue al suelo y esparcieron su testamento por el piso con la planta del pie, legando sus manuscritos a un cazador de estrellas truncadas; los suicidios en masa de talleres literarios que quieren imitar a Mario Sa- Carneiro y alquilan una planta de hotel en París y calculan las señales de los relojes para dispararse en camaradería, todos juntos, el cielo de la boca; los novelistas a los que las presiones del editor ante el vencimiento del plazo de entrega los paraliza, y mudos no les queda más que irse con la frustración por ahí, a la sección de esquelas de las revistas especializadas y escasamente leídas. Algo de lo que pienso es evidente, los escritores declinan y abandonan ya que desayunan galletas, con una tostadora a uno jamás se le agotan las ideas, o sí, y mi pensamiento insulta al sentido común y únicamente emite disparates e intuiciones erradas. Pero es temprano para que cunda el desánimo, cuando tome el café y mordisquee el borde del pan de molde, espero que como suele suceder, la niebla ya se habrá disipado.

75º- Aborten


Aborten, grita por un Walkie- Talkie el general soviético sobradamente condecorado, a bordo de un acorazado que surca las aguas del Caribe. Aborten, implora el jefe de obra a los de abajo, a los peones de albañilería que dirigen sus miradas conjuntas al cielo y perciben los manos que insisten en negativo del que maneja la grúa que ha perdido el rumbo y danza un bloque de cemento que pesa toneladas sobre las cabezas de los pilares que aún sólo sostienen la atmósfera irrespirable de un futuro Palacio de Congreso. Aborten, sugiere musitándolo el espía que se introdujo en el sistema para salvar unos documentos comprometedores y al que le ha saltado un detector de intrusos que le pantallea el monitor y que en cuestión de tiempo tendrá un rastreador que dará con su domicilio y que destapará el pastel amplificando el escándalo. Aborten, dice el computarizado mecanismo de la nave espacial que transporta a los colonos del planeta Marte rumbo a las anillos y a los asteroides de Saturno, confundió las coordenadas, o la confundieron adecuadamente para que la colisión fuera ya inminente y los confiados tripulantes alejados del puente de mando no pudieran llevar a cabo una maniobra arriesgada y desesperada, propia de los carromatos que esquivaban las envenenadas flechas de los indios de los Apalaches que cortaban el camino hacia el oeste. Aborte, pasa por escrito una nota el secretario general de una empresa pujante a su subalterno, el encargado de las transacciones que iba a lanzar una OPA hostil que los pondría en órbita, la entidad bancaria para los hijos de sus hijos, pero que ante el crack del yen en la bolsa de Pekín se apresura a vaciarse en la garganta un frasco de pastillas que le harán mártir empresarial, el Jesucristo de las finanzas. Aborte, masculla el feto en el vientre de la madre que no lo desea pero que debido a las presiones de la sociedad lo necesita, para así incrementar el perfil demográfico, para así no mancillar la honra de la damisela que llora porque será madre soltera y a cargo de un vástago que la incordia y que la obligará a solicitar caridad de la beneficencia. Aborte, aborte, aborte, se oye al feto por encima de las otras situaciones, exclamándole a los demás ejemplos.

Cedámosle la palabra al no nato: Sí de mí dependiera no nacería, eso que vaya por adelantado. A priori no encuentro placentero conocer a los primos que me tratarán como se trata a un extraño, con desdén, como a un juguete al que pintarle bigotes de gato. Tampoco quisiera que las vecinas me sacaran parecido con un antepasado, la nariz de chata de Ramiro, los pómulos igualitos a los de la Carmen. Mi padre pudiera ser el repartidor de butano, un violador de garaje, aquel mozo del baile de graduación del que te prendaste por la finura con la que lucía la camiseta de seda blanca, pudiera ser cualquiera y ello me privará de destino- de herencia-. Con semejantes credenciales lo que apetece es quedarse guarecido en el vientre, atado al cordón umbilical. Y que conste que me sincero respetuoso, tus glándulas mamarias posiblemente me sean apetitosas, tus caricias dulces y tus atenciones a medianoche interrumpiéndote las pesadillas del día siguiente desprovistas de reproches. Corresponde a las madres primerizas atender y proteger lo que trajeron al mundo, y no dudo que lo hicieras, y que aunque cueste, me tomarás cariño conforme yo vaya adquiriendo forma y consistencia, y me maneje con el lenguaje y diga “mamá” y se te salen las lágrimas. Las razones por las que te invito a que me abortes están en la concepción, no querida, a destiempo. Descuida que de lo que suceda, a pesar de lo que perjuran los episcopados, yo no guardaré recuerdo, en el limbo de los abortos no hay biografías. Coge el asa de los remordimientos y ponla en la candela o retírala. Aborta que las gracias las lleva el silencio.

A más abortos más comida, a más aborto menos berreos, menos ataques de ira a descargar en la nuca del bebé, a más abortos más planificación en el futuro, mayor olvido para la consigna “aborto o abstinencia”. Apuesto que la mitad de la población querría desdecirse y bien abortar o ser abortados, ¿cómo reproducirse con la que está cayendo, con las cifras del paro en alza permanente, con la de famélicos africanos huérfanos? ¿Cómo pedir perdón cuando, demasiado tarde, te pasen la cuenta de la infancia de carestía y de comedores sociales, de falta de estudios de ingeniería hidráulica, de que no tuviste el talón bancario a punto para apuntarlo a clases de natación y mírame, que nado a lo perro, que chapoteo? Hazte la sorda, que los consejos los cuelguen anónimos en un foro de Internet, que los padres apadrinen por una módica cantidad, que el que quiera bautizo que bendiga el agua del grifo y se moje con ella la frente. Abortar por precaución, lo hicieron comandantes de fragata, agentes del servicio secreto británico, hackers, empresarios adscritos al superávit. Aborta, la tristeza será transitoria, aborta o de lo contrario, el daño será permanente y no será a ti sola a quien le duela.

74º- Seducción


Conozco hombres que tienen el don. Les viene de fábrica, no lo han aprendido, no lo cultivan ensayando posturas frente al espejo, es la virtud que los caracteriza y de la que presumen, hombres con toque, galantes, irresistibles. Son los menos, y yo, desde luego, no me incluyo entre ellos, entre la masonería de los solteros codiciados, entre los grupúsculos de rompe bragas. No, no sería admitido, es una logia de privilegiados, hombres cejijuntos, de orejas de soplillo, de bocas torcidas como las curvas que toma el metro haciendo que las luces parpadeen y que el metal suena a forzado, hombres rematadamente feos, Shrek que nos levantaba a la chica, adefesios cuyo catre retiene orgasmos, cuyas paredes retumbaron al compás de los suspiros incontenibles del récord de puntuación, y eso que en las artes amatorias se defienden sin más, nunca leyeron el Kamasutra ni desentrañaron los secretos del clítoris, hombres que necesitan de una mirada para que ronronees y adelantes el celo de la primavera. Enemigos del compromiso duradero, salteadores de divorciadas, de bocados en minifalda, de autostopistas, hombres a los que conozco y evito referir como altaneros o a los que evito parecerme porque supongo que el fracaso hundiría mi autoestima en el retrete en el que orinan henchidos de placer cuando cumplen, después de fumar el cigarrillo de después. Conozco a donjuanes que sembraron el terror en un convento de clausura, en la puerta de un instituto de secundaria, en la retorcida mente de un padre que no duerme porque a saber qué estará haciendo su hija con el pervertido que vino a recogerla y que ahora podría estar dejándola preñada o rompiéndole la virginidad, hombres que ofrecen fuego a una desconocida y tú sabes que les está dando a entender que atesoran fuego suficiente para quemar Roma, hombres desvergonzados, filántropos que aplacan las fiebres que incitaron con sus andares de cowboys. Cuánto tienen por mostrarnos.

Directamente conquistador, jamás pretendiente. Tocan el piano como se les supone a los ángeles que tocan el arpa, tocan la inseguridad y tocan la cintura agarrando en la forma la medalla de oro que se cuelgan al cuello como sin mérito. Los caballerescos zarandean el mérito quitándose el cumplido, los de reciente cuño embotellan un pelo de la axila de la colina tomada, maneras de retener un aroma, de etiquetar a la persona plastificada y usada y tirada y salpicada de la rugosidad del látex. Preservarán mensajes lascivos en la memoria de sus teléfonos móviles aunque de nada valgan porque la excitación no la alcanza por sí, desconoce el ritmo que prefiere en la masturbación, es un impedido sexual que necesita que se lo hagan, que siempre encuentra a quien dispuesta a asumir el rol de enfermera le calma los ardores intestinos que aúllan desde el bajo vientre. El sexo promiscuo, droga que pueden permitirse y que no destruye las neuronas ni sangra la nariz, el sexo como una ensalada, un aperitivo que condimentar al gusto, descabellado o elemental, atornillado o martilleando, harinados en la cocina o en la bañera tensando el músculo, resbalando en el cuerpo de dos cabezas el agua ardiente de una vocal prolongada sinónima de placer o de dolor. La figura que morirá sin descendencia reconocida, el Alfonso XIII que supera la inteligencia máxima permisible a un Borbón, el amante que haría las delicias de la exigente Ava Gardner.

Conozco a este tipo de hombres y los celebro. Dan una lectura poética y conformen cierran una estrofa abren un affaire con la segunda fila asiento B, que luego pasará a ser la chica del pelo anaranjado, que luego será una tigresa en un camping familiar, que más tarde quedará adscrita al club de las que pasaron y a las que les falseé la dirección a la que podían escribirme cuando quisieran o estuvieran de paso y alentarán repetir tras buscar infructuosamente. Son el León de la Metro Golden Mayer que se come una pantalla de un cine o un culo respingón. Figuras a las que ofrecer ofrendas, una asistenta que nos limpia la casa una vez a la semana y que aceptaría estar pluriempleada, a un tiempo trabajando la cocina y al capataz, al salón y al señor que le paga; una hija que nos salió horrenda porque aquel sábado nos cogió desganados y porque el dentista no les apretó las tuercas al aparato que le iba a cuadrar la dentadura; una mujer a la que la menopausia volvió sedienta de ímpetus animales y a la que, lo sientes en el alma, no puedes colmar. El hombre que tiene toque conduce enflechado y sin copiloto y reposta en una gasolinera y no regresa con un frasco de gaseosa o un paquete de pipas, tampoco con una prostituta, puede alcanzar a volver rodeado de lo que él denominaría “amiguitas”, que por supuesto le van a trastocar el sueño dejándolo extasiado- y en éxtasis si lo tienen ensayado y se compaginan en orden-, que van a gemir como hienas mordidas por tigre, como Zar Nicolás ajusticiado en una cabaña. Conozco porque me han contado, sé de epopeyas que no comparten dormitorio, de rapidez en un retrete de un restaurante donde el ajetreo de la cocina tapaba el silbato de la olla a presión, conozco y siento tristeza, por ellos y por mí, a ver si la vida va a consistir en tener mujeres como quien tiene ajedreces medievales, a ver si todo se reduce al coito, a hacer el amor, a follar. Con la de cosas que hay. Cuántas. Díganme que sí.

73º- Facciones


Abro el periódico por sus páginas centrales y leo que dos aficiones en una cancha de baloncesto en Turquía se han enzarzado en una trifulca que llevó al árbitro a suspender el partido y a casi un centenar de aficionados al hospital, con los cráneos colgando de las brechas, con los labios cuarteados de recibir golpes en el mentón. Salto la noticia por habitual, porque me deprime el deporte convertido en credo, y entro en los vericuetos de la política, un país ha retirado el embajador asignado en otro país con el que mantenía unas complicadas relaciones, se acusan mutuamente de tensar la cuerda en torno a un enclave cuya adscripción permanece en el aire, Danzig en el siglo XXI, y esto ha hecho sonar las alarmas entre la diplomacia que teme que el status quo se quiebre y de la tierra surjan los esqueletos andantes que armados con azadas decapitarán a los mandatarios que amasaron fortuna recalificando cementerios, asentando subterráneos encima de la memoria de los héroes caídos en combate cuando todavía se combatía en armas la pertenencia de un lugar a una nación, cuando las naciones aún significaban algo. Paso a las comidillas que se cuecen en “sucesos”, en la geografía norteña una manifestación ha caldeado los ánimos de los vecinos de una urbanización que garantizaba tranquilidad y a la paz y que se ha visto perturbada por una turbamulta de incontrolados que exigía que se respetaran sus derechos fundamentales, ante lo cual, los modélicos ciudadanos reaccionaron, primero ondeando consignas contrarias a los inconformistas, y después, lanzando desde sus terrazas televisores de pantalla plana que al impactar en el organizador de la algarabía encendió los ánimos y los cócteles molotov, los daños materiales son cuantiosos y las víctimas lo de menos puesto que estaban en el ajo y merecían un correctivo, la paz la traen las fuerzas del orden a las que se opuso la multitud gritando al unísono, aunando, ahora sí, esfuerzos.

Llegará el día en que no abra el periódico, que me canse del masoquismo de encender la televisión cuando el almuerzo aunque los hutus y los tutsis firmen un alto el fuego, junto al polvorín siempre hay una toma eléctrica de tierra que suelta chispazos y una mecha obra del mismísimo diablo. Los bandos, los emblemas tatuados en la espalda de por vida, las trincheras de los que hacen piña defendiendo la supremacía de la raza blanca, los demócratas que con el corazón presiden una Comunidad Autónoma y que blanden una constitución entre muchas haciendo que parezca que sostienen la Santa Biblia, o Rayuela, o la Ley Orgánica del Movimiento, los porteros de discoteca que te ponen la mano en el pecho, que te ponen cara de perro y ni se dignan a mirarte, impidiéndoles esto comprobar que eres una persona igual a ellos, y amenazando de que si te pones farruco te van a clavar una navaja en el esternón y a dejarte en el cubo de la basura. Un desperdicio, el mediador y el diplomático comiendo canapés de salmón y bebiendo un rioja espléndido en un palacio de invierno con guardias de seguridad privadas que contienen a los que gritan “Abajo la Bastilla”, y tú que sufres del conflicto y sufres de hemorroides, poniendo las esperanzas en que estallen las flores que un bombardero lanza sobre la Plaza de Mayo, que interrumpe el recreo de los críos que salieron de Conocimiento del Medio o de Matemáticas Estadísticas, rezando- y eso que no comulgas con deidades- porque se destruyan o depongan las armas, pero que lo hagan de una jodida vez.

En microcosmos como el trabajo de oficina también existen divisiones internas, pugnas por llevarse el gato al agua que de postergarse y durar será un agua estancada, un charco, un mar muerto, o si lo prefieren, un mar sembrado de muertos. De sobra se conocen casos del tipo de firmantes de apoyo para que el tabaco sea prohibido en el edificio y su contrario, el del grupo de presión que insiste que en el descanso pueden disponer según convengan, y ello incluye llenar el pulmón de humo y raspar la lengua de nicotina. De una forma u otra te engatusan y te posicionas, ya en un corrillo en el que expresas en petit comité pero que habrá de retratarte aliado de una posición y enemigo acérrimo de su opuesto, ya firmando porque un garabato no daña a nadie, porque nadie lo tomará a lo personal dado que es una nimiedad ocasional, un detalle, pero las facciones y sus mandamases son capos de la mafia, ni olvidan ni perdonan, y te sitúan en la lista negra y la tinta es permanente y aduces en tu defensa que no querías granjearte enemistades en el trabajo, además tú no fumas desde que a tu padre un edema pulmonar lo dejó en una silla de ruedas, sólo te solidarizaste pero sin ser ni siquiera una protesta silenciosa. Das testimonio, intentas apartarte. Imposible. Las facciones exigen, serás adepto u opositor, del Barça o del Madrid, de izquierdas o de derechas, vasco o español, capitalista o comunista. Al objetor de consciencia lo desinfló la sobreabundancia de anarquistas, a los anarquistas el olor mentolado de sus chicles. Implora que te hieran en breve para guardar cama en la enfermería, aunque allí llegan las facciones, los del más acá y los del más allá, claro que los segundos son mayoría y no marchan apresurados, se saben de inicio con ventaja.

72º- Mall


Hace unos días degusté una lúcida reflexión sobre las cajeras de supermercado y el trato que le dan al cliente que les llena la cinta transportadora de productos marca blanca. Y dado que no soy un creador del que brotan temas de la nada y se ramifican hasta tocar la nube en el cielo despejado, y dada mi ineptitud para sentar cátedra porque lo mío es bucear y rescatar el ancla de las profundidades, voy a tomar prestado por el borde e intentaré reconstruir el objeto alterándolo a mi manera, sustituyendo a la persona, a las empleadas y a los compradores, centrado en el lugar, en el espacio de estanterías y frigoríficos, en las ofertas y el 3x2, ya que lo que nos hace movernos de casa un Viernes tarde previo visionado de una película de Scorsese, no es la voraz necesidad del consumidor, ni del proveerse por si se diera el caso un ataque nuclear. El intríngulis de las grandes superficies está en sus pasillos de lozas resbaladizas, en que nos exigen despojarnos de la lista de la compra, a partir de aquí- anuncia el slogan- entra usted en el terreno donde los sueños tienen precio y código de barras. Procuraré mostrar la equidistancia de un simple observador, como José Antonio Marina, o Vicente Verdú o Gilles Lipovetsky, sin decantarme por el Alcampo en detrimento del Día, omitiré el engaño en cuanto a cantidades de los productos Dani, evitaré tratar de la laberíntica y muy molesta ordenación en dos plantas de las cadenas Mercadona. Sociólogo en un hipermercado busca el secreto que reúne y aglomera a las diferentes capas sociales en un espacio constreñido sin que se maten entre sí, equiparados gracias al objeto que se apresuran en añadir a la cesta de la compra, producto que se convierte tras la transacción en aquello que certifica que hay sitios donde cualquiera es igual a otro, puesto que allí lo personal caduca ya desde el aparcamiento.

Y es que al entrar en un centro comercial penetras un universo de fantasía, el sustitutivo semanal y cercano del parque de atracciones. Acechas la sección de juguetería regresando a la infancia cuando rellenabas una interminable carta para los reyes magos que nunca empleaban toda la magia que se les presupone contigo, que nunca colmaron tus peticiones. Compras un paquete de folios, de 500 unidades, y rememoras los días previos al inicio del curso escolar, el año que estuviste colado por Lorena y perdiste la vergüenza y recibiste una negativa cortés pero rotunda por respuesta, el año que menos atención prestaste en clase, es decir, en el diste uso a menos folios. Te acercas a donde los televisores y aparatos electrónicos, no en vano has crecido y llevas por una casa sobre los hombros, la cual dispones acorde a los últimos adelantos, estás a la moda y si ello necesita un sinfín de cables, así sea, y si la exprimidora se rompe no la reparas, tienes una excusa perfecta, vas a renovarla, la sustituyes. El supermercado como una máquina del tiempo en la que viajas hacia atrás y hacia el futuro. Qué contar de la alimentación, esos manjares que quitan la ansiedad a las noches de insomnio, comida congelada o envasada o enlatada, al alcance de tu mano que se extiende y la toma al por mayor, no vayas a pecar en defecto y luego suban los precios. Hoy no se precisan asistentas que nos hagan la compra y nos libren de decidir, lo tenemos al completo, mezclado, artilugios de jardinería con mandos a distancia universales, Best Sellers y Lambrusco, fruta de aspecto inmaculado y pescado fresco traído de la costa anteayer. Aquí no haces amigos, le juras fidelidad al sitio, a los carros de agarre acolchado y traqueteo intermitente. El comercio como distracción.

He llegado a colmar una tarde aprendiendo la contingencia de precios de las longanizas, de los packs de atún, en diferentes establecimientos, comparando los anzuelos publicitarios. Soy un consumidor cabal, un adicto a la tesis marxistas de la economía: dependiendo del valor de uso de lo producido será el valor de cambio entre el que vende y el que compra. Está incorporado en la genética, los chicos disfrutan acompañando a sus abuelos el sábado por la mañana al mercado del barrio, y sin embargo traicionarán el localismo queriendo abarcar la amplitud y a su vez sus hijos serán presas de la hecatombe del “hágalo usted mismo”. Conducirá la generación venidera un armatoste dispuesto a cargarse de bolsas ecológicas, provisto de un maletero donde no sólo un fallecido reposaría en la posición adecuada, donde cabría una fosa común de croquetas de esas que al echarlas en la sartén hacen agua, donde los niños (que son tus nietos, o los míos) pueden meter el Hello Kitty tamaño Godzilla que compraron porque les debían el regalo de cumpleaños y porque les apetecía y podían permitírselo. En el centro comercial las edades no cuentan, al pasar bajo su carteles luminosos el reloj físico se detiene, la mente se dispersa azuzada por la curiosidad. Recomendados para paliar los efectos del estrés, de la infelicidad prolongada, desaconsejables para perezosos, eruditos. Y no quisiera extenderme, dejo secciones a explorar, descubran por sí mismos. Rezan los altavoces y se suple el órgano por la música de hilo ambiental, menos barroca, más sosegada. Los centros comerciales como templos paganos.

71º- Estarás copado


Probablemente esté equivocado, que tú no seas el blanco de tiro y que yo dispare con la ley “suelta el gatillo, toma lo que te pertenece”. Y que no lo haga en legítima defensa y cometa asesinato. Seré consecuente, el tiempo no hace justicia a los chivos expiatorios. Si te herí al menos te llevarás los honores, la estrella púrpura al valor, las condecoraciones y emblemas que adornarán la solapa del pasado, las recomendaciones que circularán como la pólvora hacia el escalón desde el que recibirás las alabanzas de una multitud de súbditos anhelantes de protección. Si sobreviviste… Pero que sepas que no me arrepiento, la penitencia es cosa de fanáticos que nunca las tuvieron todas consigo. El que me cogiera en un renuncio o dubitativo, según la cláusula de principios cardinales que redacta la persona, debía ajusticiarme, guillotinarme, apalearme, no pienses que los mosquitos son selectivos a la hora de extraer de la picadura, la elección se ajusta a la cercanía, los parámetros compuestos que reparan en si la sangre dulce o amarga los estableció alguien a quien apuesto me sería imposible tratar con camaradería. Ámame o déjame, sírvete del melodrama, calúmniame en la sección de cartas al director de un diario de provincias, rasga mi reputación como harías saltar las costuras de un mantel cosido en las Filipinas por un atajo de esclavos siervos de un telar y de una artesanía 100% europea, lanza el recuerdo a través a la cuneta de la autopista que transitas burlando el asfalto resbaladizo a toda velocidad. Piensa en lo que fui siquiera por unos instantes, el otro que te saluda en el espejo cuando comprobabas que el conjunto iba acorde, camisa blanca- pantalones oscuros- cinturón marrón. Tráeme de vuelta, concédeme la condicional, si me porto, si no armo jaleo, si ocupo el espacio asignado, no en vano yo soy tú, o lo fuimos, y sueno a psicópata, por lo que tomaré el desvío de la concreción para evitar malentendidos.

Cualquier análisis de una naturaleza orgánica depara irrefrenables direcciones, un cruce de senderos, una arteria obstruida porque en ella desembocan las células necesitadas de un baño tonificante en aguas heladas, a poder ser en un jacuzzi. Cualquier persona es inestable, hay que tratar a la gente pensando que son pólvora, jarras de porcelana traídas desde oriente siguiendo la ruta de la seda, perros afectados por un virus que se creía extinto y que reverdece su mansedumbre impidiéndoles ver el bosque bitonal entre tanta fidelidad al dueño al que atacan y arrancan una costilla a mordiscos. Tú- y yo- deformado en la educación privilegiada, especial para pupilos superdotados, imaginando persistente que eres otro, un mesero que por cada terrón de azúcar que despacha consume unos gramos de sal porque él le ha declaro la guerra a los dulces ya que odia en su esposa la voracidad con la que ingiere pasteles con el café tras el almuerzo, un ballenero que clava el arpón en su presa y la trepa hasta encaramarse a lomos de la bestia que llora, para domarla y que cabalgue por los mares como imitando a Henry Fonda o a Lee Marvin, el forajido pirata que extiende el desierto y detiene el curso de los transatlánticos y confina a los capitanes y contramaestres en la funda de su revólver, hasta que se asfixian, hasta que lo tratan como a un igual. Quisiste cambiar y lo lograste. Echaste el guante a la identidad más a mano y aparecí, y no niegues que nos apañamos, errores y aciertos, pero conviniste en solitario borrarme del mapa, eras un Stalin que de los archivos secretos saca a los purgados generales que les sirvieron de apoyo. Sanaste, ya no eras bipolar.

¿De veras crees que un cadáver en el fondo del río no va a encaramarse por entre las escamas de los peces y circular invisible hasta dar contigo donde quiera que estés para soltarte una fresca, para escupirte a la cara y hacer que bajes la guardia y apoderarse de lo que nunca debió de serle expropiado? Reclamo lo que es mío, mi parte. La persona que no vive una contradicción es una efigie de mármol a la que cagan las palomas. Acata el mandamiento, conócete a ti mismo, pero no desgajes las partes, no amputes los miembros que menos favorezcan la figura acomplejada que paseas edificando prosperidad. Soy tu lado loco, el que saca las castañas del fuego cuando el carbón se secó y nadie te presta un encendedor para reanimarlo, soy un Cristo en forma de voces que en la mente hacen cosquillas y en los brazos dan sensación de amago de infarto. He regresado para quedarme, no me culpes de las decisiones consensuadas, así vamos directos al frenopático o a colgarnos de una soga y a patear una silla para probarnos Houdini que levita. Como muestra de consideración he conseguido unas balas y una culata que encaja con la palma de la mano que pongo a tu completa disposición. La pelota está sobre el tejado, recogerla o esperar a que caiga. Hagas lo que hagas será la última decisión unilateral que tomes y por la que asumas individualmente las consecuencias.

domingo, 12 de septiembre de 2010

70º- Versificador


Los poetas ya se burocratizaron. Casados con novelistas de éxito que trazan prosas lacrimógenas en torno a un cadáver picoteado por los buitres en el marco de una guerra muy, muy lejana; de jurado en un concurso literario trampeado porque un sobrino del concejal del ayuntamiento maneja las palabras como nadie y claro, hay que sostenerle la ilusión; tras un mostrador en una cafetería desayunando croissant y zumo de naranja, componiéndole un intento de estrofa al olor a asfalto que desprende la cabellera del camarero, observando de reojo que marquen en punto y le toque regresar a la ocupación que la necesidad le obligó a escoger, maestro de escuela o repartidor de propaganda de una gran superficie, para la sociedad actual tanto monta, ¿A quién importa el suspiro del poeta que caza el vuelo de una golondrina simulando que su lápiz de punta afilada es una escopeta recortada y que con su puntería da en blanco? ¿Oyeron el estribillo de aquella canción “los poetas han muerto”? Pues bien, lamento contradecir, se suicidaron faltos de valor, imposible encajar en este devenir de las prisas y los atascos y los revivals históricos, les pesó la herencia y dejaron que la mirada los condujera al vacío, o peor, a repetir las consonantes acentuadas de un autor maldito al que recitan sin parar cuando beben chupitos de anís o cuando no tienen qué ofrecer a la conversación. Los suicidó el lamento de la ciudad que se cubre las arterias no vaya a introducírsele una metáfora que le reviente el subterráneo, las grabaciones de móviles de cada gesto o tic nervioso transformadas en mofa una vez se sacan de contexto, eligieron irse o ocultarse en las catacumbas dado que a las violetas las llaman ahora moradas, y a las moradas inversión a largo plazo, fueron expulsados- invitados a marcharse- del paraíso que nunca fue sino una imagen cartografiada que los mantuvo en el meollo. Inevitable, el poeta no tiene inspiración, la inspiración jamás tuvo al poeta.

Los chicos, a los que apenas les alcanzan los centímetros para montar en la atracción estrella de feria, riman las frases sin darse cuenta, poseídos por el ánima de Gloria Fuertes, hablan en chascarrillo el lenguaje de sus abuelos, luego leen, conforme exige el sistema educativo, los clásicos: Sonetos, redondillas, octavas reales, Quevedo, Góngora, Sor Inés, Espronceda. Y les da para componer, qué diablos, es sencillo, es aritmética. Sueltan la parrafada del tirón, siguen la estela de polvo de estrellas que desprenden las metáforas de las que presumen, visiones reveladas que establecen la conexión entre cosas en apariencia inconexas, “el indoloro fondo de los muslos que al tocarlos deshicieron el compacto de la nube de la que partían” o “estás tú tan distante que yo voy a alternar los lugares por ver si así te enteras de que existo, por ver si te estuvieras quedando ciega”. La poesía, el ente homérico progresado y corrompido, tiene imán para la juventud ya que en ella cualquier disparate tiene cabida, ahí Apollinaire, o Hugo Ball o cerquita, Aleixandre. Con una estrofa lograda puedes ablandar un corazón o incitar a unos flujos vaginales o provocar una erección, el poema cumpliendo como una llave maestra en la relación entre el creador y el receptor, cumpliendo como cumple una pareja que ha rebasado los cuarenta, los sábados noche, luces apagadas, 23:00 P. M.

Sí, señoras y señores, niños y niñas que no conocéis aún el campo de Castilla, los poetas envejecen y las malgastadas cuadrículas que llevan consigo también. Pueden cantarle al tierno sabor de unos labios vírgenes pero es inminente el momento en que los labios estén gastados y cuarteados por la exposición prologada a las alabanzas, podrían cultivar la nostalgia y engordar las vivencias a base de recuerdos inventados, y lo harían si es que no lo hacen en la actualidad- dejé de leer poemas, se me volvió ininteligible la lógica de puntuación, lo obsesionados que estaban con barrer coloquialismos y triturar aquello que sonara a verdadero- porque en la ignorancia no reparan que pisaron Ítaca y que hospedados en una cantidad lo pertinente es emprender la marcha y trazarse una epopeya que reinicie el sistema exento de virus e influencias perniciosas; porque los reyes magos son un cuento que no se sostiene ante Santa Claus, dado que a éste lo antecede un poema nórdicos “El Kalevala” que mantiene el encanto estilo intimista Jean Pierre Jeunet, varios milenios después de ser originado por un vulgar trovador al que le tiritaban los dientes cuando nevaba, y en esos parajes la luminosidad y la escarcha contenían propiedades que menudo engaño lo de la baba de caracol; porque fui poeta y me reconozco en lo dicho, y rechacé el término “soledad” en múltiples ocasiones en las que usarlo me hubiera sido beneficioso, y no desisto aunque controlo el impulso de un inicio fulgurante y rompedor: “El poeta compone su verso/ fuera un jilguero y un grillo le hacen de escribas”, y confieso que la avioneta que cogí pilotada por beatniks perdió la hélice y sus dos motores. Siempre nos quedarás, Pessoa.

69º- Recogida de datos


Nunca quise ser un James Stewart de pacotilla repartiendo felicidad en nochebuena, en cambio sí que he imaginado que soy un parapléjico que desde su silla de ruedas cultiva el placer del voyeurismo. Cuestión de preferencias, lo mío es sórdido y algo enfermizo, por ahora cumple las expectativas, ¿hasta cuando?, pasar al siguiente nivel ni me lo he planteado, más que nada porque desconozco que tendrá de particular y porque por ahora me vale con intentar desentrañar que hay tras el toldo y los barrotes pintados en rojo y las macetas y la ventana. Intentaré situar/lo/los/me: A una distancia prudencial que me permite ver sin ser visto, a unos cinco metros- medición aproximada- un bloque de pisos y en la primera planta cuatro huecos en la fachada, cuatro ventanas, dos de ellas individuales, las otras dos pertenecen a la cocina y al salón, ventanas sobre las cuales la luz del sol da de lleno justo cuando pasa el mediodía, puede que por ello los toldos las cubran, para que el interior no les resulte a sus habitantes una caldera en ebullición. La estancia se asienta en la entrada número 36 y tiene dos pisos hasta el tejado cubierto, no sé dónde tenderán la ropa, no conozco qué fue de las antenas que inundan el paisaje de las viviendas comunitarias. Al asomarme me percato de que compartimos cierta simetría, su sala de estar coincide con la mía, al igual que sus dormitorios, la salvedad reside en que las cortinas las descorro al levantarme para que la claridad exterior me desperece mientras allá al otro lado permanecen impermeables a las miradas de los curiosos que como yo, olfatean lo que no les incumbe para que la nariz no se les quede obsoleta, no obstante pese a ser un hombre retraído y al decir de cualquiera introvertido, me puede investigarlos, y aunque los hallazgos sean las anomalías no me resiste el placer de anotar los movimientos ya menos extraños.

La silueta de una chica ataviada con una camiseta blanca que le marca el sujetador se pasea por su habitación, nerviosa, atareada, parece que le apremia encontrar un libro en una estantería de metal repleta de volúmenes coloridos y de gran tamaño, dada su edad- que coincide con la mía, siendo ésta indeterminada- seguramente estudie algo relacionado con las Bellas Artes, apostaría a algún asunto relacionado con el diseño gráfico, pura suposición, me tiene descolocado, es una sombra vampírica de un riquísimo mundo interior, el contacto que mantiene con el resto de sus familiares suele ser escaso tirando a nulo, su nombre es Laura. La cuota infantil la cumple un muchacho rubio que viste una camiseta de la selección de fútbol de su país y se acerca a los barrotes como un recluso al que por mal comportamiento prohibieron salir al patio, nunca juega a la pelota, tampoco es travieso, recuerda a un alma en pena que espere crecer para manifestarse. El lugar de papá y mamá también queda cubierto con la figura oronda de un señor opaco en sus manifestaciones y de una ama de casa cuya acción repetida e insistente consiste en abrir y cerrar el frigorífico, típica pareja entrada en la rutina de criar vástagos y procurarles alimento, presumo que comen juntos en una mesita blanca cubierta por un mantel sin florituras junto al fregadero.

No me juzgue, no estoy obsesionado, evito ser descubierto y me camuflo en una cita de una colega de oficio bastante presuntuosa: los demás, los de fuera, están ahí para que los pongamos por escrito, son de atrezzo. En ocasiones imagino que los de enfrente a su vez me observan mientras fingen ver el televisor, arrellanadas en sus sillones, en esa hora en la que las bombillas de la calle se encienden y las voces de las calles aflojaron su intensidad, nos contemplamos mutuamente, ellos multitud, yo en solitario, pensarán que mis quehacer son monótonos, sino a qué meterme en una estancia que rezuma convenciones, no montan juega y ni gresca, no estrechan lazos con el vecindario. Por descontado, la hija es el enigma de esta ecuación o al menos le he asignado la condición de elemento pendiente de una evaluación definitiva, una excusa para rellenar la libreta de impresiones tomadas al vuelo y formarle una personalidad de cualidades sobresalientes, la manera que tengo de quemar las tardes decrecientes de septiembre, un entrenamiento para comprender los entresijos de una familia funcional, una huída de la primera persona como haría un espía que persigue observador y anota y descifra la información para esclarecer la trama de la que quiera o no forma parte, los que nos ven o nos vigilan contribuyen a formarnos una idea de nosotros mismos, alteran el patrón de comportamientos que desde lejos adquiere un sentido que posiblemente Laura, o el niño de la camiseta futbolera o la madre que se desvive por cuidar a su progenie no conozcan pese a ser los creadores y los protagonistas de la narración que para ti sólo son ideas sueltas, la estructura de una historia atribuida- porqué no- a Samuel Beckett.

68º- (In)madurez


Érase una vez un chico- excúlpeseme por el uso prologando de la voz masculina, en realidad es intercambiable, es de género neutro- adelantado a su edad, que recibía los honores de un adulto porque había asumido las obligaciones de éstos, y no lo hacía nada mal, llevaba las cuentas de su vida al día sin descuidar el mañana, preparado ante lo que se le pusiera por delante, hambriento, ningún reto era una utopía que no pudiera sostener en la palma de su mano y posarlo donde le viniera en gana o cerrar el puño y estrujarlo como se hace con las páginas que un escritor se empeña en narrar recurriendo a la vaina de retroceder en la tercera persona que inventa para no quedar expuesto a lo biográfico. Érase del aburrido y etiquetado, y cargante y muy formal, y educado y cuidadoso en el trato con sus superiores, y prototipo del yerno perfecto cara a una suegra meticulosa, y empleado del mes a buen seguro que no se relaja por condecorado, y érase de un soporífero chico, maduro como si las experiencias no fueran sino una lámpara que ilumina sólo a quien la sostiene- que diría Celine-, que sintió la torcedura de una rodilla debido al peso de las responsabilidades, el chico que varió el supuesto segmento que continúa saliendo del encerado en una clase en la que los alumnos no logran explicarse dónde demonios acaba esa línea, y plegándose consiguió introducirse en un sobre al que marcó con un matasellos ridículo de un personaje de Disney, y que remitió a sí mismo, para despedirse de su anterior yo, fue del revés queriendo recuperar la ingenuidad, queriendo contentarse en guateques a los que acudiría estrafalario y en los que nadie se escandalice de su comportamiento, quiso reinventarse y lo primero era despedirse de uno no fuera que la valija ontológica fuera un dolor de muelas que le sustrajera movilidad a la hora de flexionar el codo.

No le resultó complicado porque seguir la inercia es retroceso, añadamos que al ser su esencia la de un transformista los decorados lo asumían, dejó de ser un chico listo, de ahora en lo que resta potenciaría el lado de Peter Pan, de niño perdido, sería una rocambolesca forma vida, volvería a desempolvar la veleta que le marcase un rumbo aleatorio, nunca nadie se lo iba a prefijar, nunca hipotecaría el disfrute de una embriaguez que acaba en resaca de domingo por un alentador panorama de billeteras abultadas, nunca comprometido con algo de lo que no pudiera desligarse, sería un perpetuo muchacho sin contrato que le venciera para darle cabida a una seriedad sobre la que escupía, fue arisco, fue tosco y exquisito, escupía en la fotografía del chico maduro que recibía espaldarazos y al que las puertas y las secretarias y la confianza en lo que pudiera llegar siempre le había estado abiertas. Reformó su habitación, dejó las paredes blancas, retiró los retratos de sus seres queridos, cambió el estilo de vestimenta, rejuveneció de repente una década y por ello, infiltrado en una generación que vio de chica otros dibujos animados, que apenas tarareaba las canciones de Juan Luis Guerra, el tratamiento de choque fue eficaz, experiencia que nos viene- eligió- antes que sumergirme en una experiencia contaminada por las meadas de los que ya se secaron para tomar el sol.

Érase una vez un chico que en contadas ocasiones definía a las personas usando la dicotomía madurez/ inmadurez, el significado que adquirían en su boca estas dos palabras era metonímico, no coincidía con lo convenido en el diccionario. No existe el momento cumbre en el que pasas de ser un inmaduro, un cachorro, a ocupar el puesto de la manada porque el sentido común está pendiente de que el cincel le descubra nuevos pliegues, porque tampoco es científico o inevitable que madurar sea la solución ante el embolado en el que por obra y gracia de un espermatozoide participamos. Este chico del que hablo defeca encima de aquellos que presumen de tener un raciocinio prodigioso que se comportan y están a la altura, sigue con la penitencia de haber sido uno de ellos, pero dentro de un plan de testigos protegidos espera derrotarlos usando contra ellos la información que tiene de primera mano, los datos retenidos por la memoria a la que suplantó por un olvido pragmático. Érase de un chico que cuenta que llegó el cambio y los inmaduros gobernaron la tierra. Érase un inmaduro que no sabe de qué va en realidad la trama e introduce paralelas en tinta transparente, que debería de conformarse con haberse cambiado a sí mismo pero no se deja, quizá por complejo de profeta, quizá porque conoce estupendamente lo que conlleva el elogio “aparenta una madurez impropia”. Si me lo permiten, déjense contagiar.

67º- Retardo


Uno de los insultos oídos últimamente y que me impactó era el siguiente: tienes los principios morales de un subnormal. Otro que resultaba chocante por muy acorazado que anduvieras ante las maquinaciones humana: su boca parecía el culo de una estrella de mar. Mi vocabulario no es tan soez, supongo que porque nadie que forme parte de mi círculo alimenta en ingenio diabólico de ofensor dispuesto a vaciar su cargamento en la sensibilidad del injuriado, supongo que sé tratar las palabras y el efecto que producen en según qué circunstancias. Lo cual no evita que haya conocido a tarados, a imbéciles que no se reconocen como tales frente al espejo, a tontos, a miembros de una generación golpeada por la estulticia cercanos al simio que fueron y al que regresan como atraídos por el imán de la ignorancia, he tratado con ellos y a veces hasta cruzo la línea voluntariamente, la separación que dibujé entre ellos y yo. Supongo que no me prodigo en insultos porque no tengo sobre quién verterlos, y pienso en cierta ocasión en la que tomé una botella de agua y la destapé empapándome porque no quería pelear y parecía que el enfrentamiento era inevitable, y pienso en los psiquiátricos y en que si el escritor tiene un lugar natural, una tierra en la que asentarse es en una camilla que cruza un pasillo, que se detiene en una habitación donde abundan los gritos de un genio que recibe descargas de electro shocks. Si pienso en el final de los días, pienso en lo que antes fue llamado manicomio, y pronuncio el siguiente ruedo aún sabiendo que no hay quien preste atención: Necesito que estés cuerda para cuando yo me vuelva loco.
La condición de demente está extendida- el que se halle libre que arroje la primera piedra- los hay obsesionados por las blusas color noche estrellada, que coleccionan dedales con el rostro estampado y siempre beatífico del Santo Padre, los hay que te descubren la cilindrada de un automóvil por la densidad del humo que despide el tubo de escape. Prolifera la locura al compás que la farmacopea rellena el zurrón de productos que presuntamente nos harán entrar en razón, entrar en la normalidad orientando la mente hacia una felicidad próspera y no tan distante, entrar saliendo de las esquizofrenias que tentadoras prometen un descanso a la rutina. Cuántas veces nos comentan que una persona presenta rasgos demenciales, que está complemente chiflada porque debajo de su cama guarda el esqueleto de un hermano fallecido en un accidente cuando intentaba reparar una teja de la casa que se le venía abajo, histéricos que duermen con la luz encendida ya que las sombras de las oscuridad les recuerda a la madre que les arropaba en la infancia, que les despertaba el instinto acariciándolos bajo las sábanas de adolescentes, que les llenaban de chinches las almohada de universitarios para que hicieran la valija y dejaran un cuarto que pronto sería de alquiler y que soliviantaría la delicada situación económica de una viuda a la que el hijo se le hizo mayor. Este chico a todas luces tiene un retardo, ahora es, la patología cumple todos los requisitos para que la tomemos por un desequilibrio monomaniaco para nada irreversible. Lunáticos, alineados, presas del desvarío, están entre nosotros, camuflados, visten trajes de ejecutivo, llevan el pelo repeinado, manejan un velero que gana una medalla en unas Olimpiadas, La invasión de los trastornados que turban el seso.Por supuesto mantengo una complicada cercanía a ellos, a los estrambóticos que pasean al perro de madrugada ataviados con smoking y pajarita, a las amas de casa que acuchillan a sus maridos porque les arreglaron la persiana que estaba estancada y lo hicieron quejándose cuando es lo único que pueden hacer por mantener la relación después de años de desengaños mutuos, a los que sin motivo alguno aparente ponen una bomba en una gran superficie en día no laborable y lo que consiguen es quemar estanterías de productos manufacturas en Filipinas y prenderse fuego a sí mismos, sin dañar a la empresa que atacan que cobrará una suculenta compensación pues dispone de seguro contra daños y siniestros totales, sin llamar la atención de los medios que titularán las portadas del Lunes así: Desequilibrado calcina las ofertas que con ansía se esperaba que inauguraran la temporada de rebajas con una afluencia nunca vista de compradores. Pero es que, y esto es el colmo, una enorme paradoja, de llevar a una consulta esto que acabo de redactar no cabe vuelta de hoja, me diagnosticarían ansiedad masiva para con los demás, espíritu ególatra que es cuestión de tiempo atente contra sus semejantes, y me recetarían calmantes o ansiolíticos y pastillas azules de esas que te atontan, así que me ahorro el pago de la consulta y termino por certificar yo mitad sociólogo mitad Ernst Jung y la mitad que sobresale borrachera sentenciosa, que la locura es un bien preciado que pocos consiguen, el bingo acumulado que consigues con un solo cartón, el cartón que era todo números consecutivos, y que llegar con retardo es preferible a llegar en hora, dejarás claro que majara sí, desesperado ni a tiros.

lunes, 6 de septiembre de 2010

66º- Sudores fríos


Hay aviones que sobre los asientos tienen una ranura por la que se escapa un aire helado, el aliento de un pasajero al que los problemas de miocardio y un despegue movido lo petrificaron en el asiento, lo dejaron literalmente tieso mientras su alma, caso de tenerla dentro del cuerpo, ascendía a los cielos elevada por la propulsión de las hélices y por la experiencia de un comandante que por vez primera lleva a un tripulante que está en el otro lado, cuando todos sabemos que allá en las alturas no hay separaciones tajantes ya que todo es inmensamente igual. Me contaron esto antes de montar en avión y lo creí porque me sentí aludido, por eso al despegar apago el aire acondicionado o le solicito a la azafata menos atareada que lo cierre, por costumbre, por miedo, por no pasar a la categoría de leyenda. En uno de esos sueños estrambóticos que solemos tener los que no nos amilanamos ante una copiosa cena, estoy en una plaza, cruzando por un paso de peatones, inesperadamente siento una sombra que me cubre, un ave gigantesca que oscurece el sol que hasta hace un momento me achicharraba el seso, oigo los gritos de mi acompañante que me suplican que corra y que no obedezco, giro el cuello para entender cómo que anocheció de repente, un avión con sus alas extendidas se abalanza sobre mí, va a aplastarme porque no puso el tren de aterrizaje, porque en los sueños indigestos no hay salvación que no sea el despertar empapado en sudor, cubierto por una sábana que agarras para sentir la seguridad de que sólo es un sueño. Y sí, es ilustrativo, un avión acorta las distancias, evita que tengas que cruzar de Nueva York a Los Ángeles haciendo autostop por carretera, en los aviones se viaja plácido y cómodo, te sirven un refresco, te atienden como si fueras el centro de la creación, el último hombre vivo, sin evitar con esto que se me erice la piel y ralentice la frecuencia de palpitaciones, sin remediar que el vértigo convierta el trámite en una carrera de maratón.

Además de tener fobia a volar- en lo metafórico alzo el vuelo o creo hacerlo y me encanta- tengo el hábito de dormir la siesta en verano. Sé que la funda del sofá se agarra a la espalda y que los mosquitos te acribillan a mordiscos y las hinchazones escuecen más si cabe que el cansancio acumulado en esa humedad irrespirable pero que respiras porque no hay alternativa, por suerte cuento con la ayuda inestimable de los locutores de televisión de las retrasmisiones del Tour de Francia, colaboradores que entonan una canción de cuna, ciclistas que demarran en un asfalto que parece un volcán y a los que les cae el cansancio por el maillot, mal de muchos que consigue que no recapacites y enchufes el ventilador, “esos sí que sufren” musitas sorbiendo horchata, y dando vueltas una mujer a la que hace bastante empezaste a dirigirle miradas cargadas de odio te responde- dispone de un oído privilegiado- que para eso les pagan, que hubieran estudiado algo de provecho, que el mérito lo tiene ella y no tienes un detalle que se lo agradezca y que de una puñetera vez cambies de canal o acaso eres masoquista.

Hubo una época en la que me detuve en la letra F del abecedario, me obcequé con practicar footing para así ponerme en forma, recomendación del doctor de cabecera que me reñía por tirar por la borda una salud que de convertirse en sedentaria menguaría como un helado cubierto por el envoltorio que se deja fuera del congelador, palabras textuales. Obedecí en la medida que se deben de atender los consejos de personas que acreditan un diploma de estudios superiores a los tuyos, me apresuré a comprar unas zapatillas deportivas que fueran cómodas y resistentes y enfundado en un chándal presumí de consistencia en el barrio, recorrí la manzana repetidas veces hasta que tuve lo que gente que ha practicado deporte no dudaría en llamar un lerele o una pájara. Tendido en la acera, suplicando que un samaritano con los arrestos que se necesitan para levantarme a pulso me pusiera de nuevo en circulación, visioné como lo haría un moribundo que se va sin billete de regreso al otro lado la reacción que tendrían en el hospital al atenderme, convencido de que la bronca versaría sobre la falta de precaución que tuve al descuidar la hidratación, al hacer tal esfuerzo con la temperatura que teníamos, cómo si fuera imposible poner la maquinaria a tope en unas condiciones ambientales adversas, ahí están los ciclistas, o los beduinos… Pero claro, me callé retraído como soy y me limité a secarme el rostro con una toalla que se iba cargando del peso de las gotas de sufrimiento de las que yo me iba librando, por lo cual pienso, y es una teoría arriesgada, casi demencial, que el sudor es un instinto, una señal de alarma y para nada un proceso fisiológico, el sudor aparte de oler mal, y no quiero tocar el tema por peliagudo, nos solicita una tregua, apostillando que ello no obliga a un abandono definitivo de la violencia.

65º- Velorio


Escucho “esto es lo que pasa cuando fumas dos cajetillas al día”, escucho “si hubiera acudido antes a la consulta lo habrían diagnosticado a tiempo”, escucho “puede que sea lo mejor y que los que lo rodeaban se sientan liberados”, escucho “nunca se es lo suficientemente malvado como para merecer la muerte”. Simulo mover los labios, intento recitar una oración, agudizo el oído, creo que las ojeras se propagan conforme menguan las lágrimas, pasaron las penas, bienvenida seas ceremonia que clausurará la presencia del difunto entre nosotros. Fecha del óbito: unas noches atrás, cerca de las 3 A. M.; estado del cadáver: impoluto, laboriosidad de los encargados del tanatorio, el maquillaje le enciende los tonos grisáceos, podría pasar por un durmiente que espera a una princesa que lo resucite de no ser porque, cuestión natural, pronto olerá a putrefacto; Música ambiental: suena su canción favorita, la que dejó anotada en su testamento que amenizara a los congregados y los hiciera más ligero el mal trago, When Life is a Miracle; Canapés: Bandejas de tostadas de queso aromatizado con frutas del bosques y lonchas de salmón ahumado, en cuanto a bebidas todas sin alcohol, una broma personal. Me enorgullece afirmar que voy a contemplarlo en el cristal, que atesoro esa despreocupación tan pertinente para la muerte, la de que un vivo la mire de frente sin echarse a temblar aun a sabiendas de que es inminente, que va a llegar y que en lugar de llamar a la puerta sabrá la combinación con la que blindamos el domicilio cara a intrusos. La muerte que está siendo celebrada y que entrecorta los pésames a la viuda y a los hijos, y que me atrevería a afirmar hace sonreír al escritor que desde el lado de allá del féretro, cubierto por una madera de pino barnizada a la moda funeraria importada de los países nórdicos, les desea larga vida y prosperidad a los presentes.
Al principio me negué a tomar en serio sus palabras, quién creería que le quedaban unas semanas, aparentaba menos edad que ninguno de nosotros, a menudo aducía a un pacto entre él y Fausto que lo convertiría en inmortal, quién le negaría que en una de las habituales escapadas le hubieran servido el Santo Grial pensando que era un Vodka y que lo tomara de un trago comprobando que el barman era un fantasma y que el vaso un espejismo pero que algo, lo notaba en el riego sanguíneo, había cambiado para siempre. Al principio prefirió mantenerlo en secreto, tomaría cartas en el asunto y dispondría según preferencias estrictamente personales, remitiría invitaciones para el velatorio, preparando un entierro con grandes faustos, banda de música incluida que entonara una marcha triunfal, la de quien se va y no siente pesar alguno, la del viajero que ansioso ni siquiera factura una maleta con lo indispensable porque lo único que le importa es partir. De los fallecidos que conocí fue el que mejor llevó la condición de enfermo terminal. Nada de plañideras me advirtió, su muerte debía de parecer una fiesta de graduación, se pronunciarían discursos ensalzando la figura del triunfador que decidió retirarse, al que se le bloquearon las ideas, aquel-que-casi-escribe-la-novela-rotunda-y-generacional-de-una-de-las-generaciones-finales-que-verá-la-humanidad, se escribirían necrológicas laudatorias, se prepararía un premio literario que llevaría su nombre y que consistiría en la publicación en una editorial consagrada y en una elevada suma de dinero, se conseguiría con ese sepelio tan inusual- soltaba carcajadas imaginándolo- desenmascarar a las rémoras, provocar a los espíritus costumbristas que lo tacharían de loco, degenerado, haciendo así que post- mortem, firmara la obra en mayúscula, la que había levantado expectativas entre los académicos, una obra por la que no le concederían el Premio Nobel, porque no hay premio si no hay quien lo reciba.Escucho: Recibas la tierra como palabras, recibe las paladas de la realidad de la que huiste, húndete en la memoria de los lectores, quizá los siglos te quiten el polvo que acumularás en los anaqueles o los saqueadores de tumbas de celebridades desmiembren tus restos, quizá lleves tanta paz dejas aunque resulte dudoso. Escucho: Hoy los amigos, familiares, y competidores y admiradores se reúnen para rendir tributo al insoportable testigo de sus días carentes de significado, al espía de las mirillas del rellano de las escaleras, al impertinente e impuntual genio sobreestimado por un solo golpe de lucidez que supo postergar, una mentira que sumar a las que contaste en los relatos que te granjearon la fama que seguro no mereciste. Escucho y dirimo, en que para morirse nada como ser un don nadie, o irse lejos, morir extraterrestre en un planeta inhabitado, morir lo antes posible y sin sentirlo. Morirse: consumar la fuga.

64º- Piscina


La distancia que media entre que saltas del trampolín hasta que provocas que las aguas tranquilas se alteren y expandan ondas concéntricas y los bordes contengan la variación del volumen contenido, hasta que las aguas den el visto bueno al intruso y vuelvan a la quietud y tú mismo emerjas desde el fondo con el cabello mojado mientras intentas recobrar la respiración. Las tardes que pasas contemplando la caída del sol y los rezos del imán en su minarete relajando la temperatura externa, perfeccionando la técnica de las brazadas de una punta a otra, a lo largo, tardes que combinan la placentera sensación de diluir el ejercicio físico con el contemplar apartado que los de fuera siguen en movimiento, tardes que mereces porque has cumplido y nunca dejaste de vislumbrar la recompensa, porque zambullirte es en el horizonte la última parada del año, el entreacto previo a que el tipo que recoge los tickets te fuerce a ocupar la plaza que te corresponde en la noria, plaza que no puede quedar vacante. El contener la respiración y apartar como Moisés aquello que te detiene, el agua que simboliza el mundo que a menos que entienda que pones el suficiente coraje en su superficie va a rechazarte, te va a cortar la digestión, va a hacerte olvidar el que sabes chapotear y te va a cubrir para siempre con la hojarasca que derraman los árboles que cumplen una doble función, la de ofrecer cobijo a su amparo, la de confundir con su sombra. Cuando estoy en el aire, una vez pongo el pie en el vacío, fantaseo, en esos segundos podría desaparecer el líquido debido a una huracanada racha de viento o a la broma de un improbable narrador omnisciente, impactando mi cuerpo en la cruda realidad. La seguridad no existe porque cierras los ojos y al abrirlos lo demás ya pasó y tu cuerpo no te pertenece por entero.

Levi- Strauss expuso que las estructuras del inconsciente se manejan en torno a una ideas complementarias y opuestas, un sistema binario de pensamiento extrapolable a las piscinas, en concreto en lo que respecta a los niños y el contacto que mantienen con éstas. Inmersos en el caos de un autobús repleto de niños acompañados por un par de supervisores late una profunda división, la de quienes llevan una mochila que contiene bañador y champú, y la de los que desde el graderío se librarán de una clase pero no podrán evitar ser señalados como los que no saben nadar, como los avergonzados de su peso que no quieren quedarse con el torso desnudo, los que entran a los vestuarios y los que dejan que la actividad extraescolar pase pero que tienen que participar aunque sea como espectadores, aunque sepan dar brazadas que dejarían en ridículo a los que se creen capaces de andar superpuestos al agua que no les salpicaría siquiera la planta del pie. En el caos de un autobús huele a acondicionador, hay discusiones: quién venció la carrera digna de disponer de foto- finish, quienes se lanzan mejor de cabeza, cuándo será la revalida y cuanto va cada uno a progresar para nadar estilo mariposa, para aguantar la respiración hasta que el reloj sumergido se detenga imposibilitado a igualarse al reto que se propone y supera la condición humana, el modelo que ningún antropólogo debe desechar, la dicotomía de la mente infantil entre nadador y ahogado.

Alain Delon de viaje de piscinas, encontrando subterfugios por los que indagar en los secretos ocultos de una urbanización, yendo mediante un pasadizo que conecta remansos de snobismo de una piscina a otra, mojándose y sin embargo todavía en calidad de observador. William Holden, o la figura recortada de un periodista que arrastrado por el envejecimiento y las penas de una estrella del cine mudo lanza las esperanzas al mar y las sigue, por si allí pudiera purificarse, por si no quedara posibilidad sino la de llenarse los pulmones de vida gastada, de vida derramada en superficie prometedora, ahora deslucida. Piscina, donde James Whale, asesinado o suicidado quiso encontrar a Frankenstein y donde vio un reflejo que se le parecía mucho, el monstruo era el científico, o concretando, el director de cine, y no lo soportó así que eligió ser un pez que nadara en cloro antes que una reliquia acosando a su jardinero. Las piscinas como sueños veraniegos, como lo que tienes ante tus narices al observar desde la ventana del cuarto de baño que el otoño cumple e inunda la nítida transparencia de frutos caducos, la piscina componente accesorio en las vidas de cualquiera, desde la piscina de líquido amniótico al baño que antecede al embalsamamiento, la relación que hasta la fecha más he postergado en arruinar, la que no decayó porque es reciente que empezamos.

63º- Fiesta


A las espaldas queda la música y el confeti que llena los cabellos de motas color arco iris, proliferan las verdes o ese es el color del licor que hace transparentar la calle, no estoy para especificar, no estoy cuerdo, te vas justo cuando lo que resta promete... Media hora antes charlabas con una copa entre los dedos, agarrando por el meñique la parte de abajo, la que contiene la ebriedad que sorbes hinchando la garganta para que entre fácil y te inunde de frenesí, haces lo que se suele en estos casos, ahogarte en conversaciones banales que giran en torno a las profesiones de cada cual, profesores en escuelas de idioma, doctorados en las diferentes tipologías de bambú comestibles, azafatas de avión que entre vuelos declinan idiomas extintos en una mesa anclada al suelo de una casa que perteneció a los padres de los padres de sus padres. Cuando empezaste a acudir a fiestas lo hacías armado con una libreta minúscula que guardabas en el bolsillo de la camisa, hasta que los botones pasaron de moda y te amoldaste a vestir camisetas sueltas, tenías afilado el lápiz para cazar una ocurrencia que sirviera al menos de bosquejo de un personaje, pero a menudo te ibas en el baile o agarrabas la cintura de la chica soltera que todos querían emparejar siquiera una noche y al desayuno los recuerdos emborrados dejaban a la altura del betún las maravillosas ideas que te surgieron anoche, anoche antes de que el vómito evidenciara que eres un hogareño al que sacaron a golpes de la sesión semanal de serial televisivo, antes de que el esfuerzo de la obra suprema y magnífica que habría de consagrarte se escapara en los muslos de unas piernas que comprobabas ahora, no tenían nada de esbeltas, tampoco de depiladas.
Una hora antes estoy empolvándome la nariz en el cuarto de baño de casa, un cigarrillo consumiéndose en el cenicero del salón, folios en el suelo, folios en blanco, pesadilla de un día que no deja sino intentonas loables, el mismo sueño de siempre sólo que en ocasiones es más pesado inventar una excusa con la que contentar al editor. El teléfono es el salvavidas, me invita un amigo que conmemora el que le dieran las llaves de un piso recién comprado a precio de ganga, por lo que sé allí es seguro que lo que menos va a importarme va a ser encontrarle una escapatoria al atolladero de cumplir con las obligaciones profesionales, allí voy a sentirme plenamente satisfecho o absolutamente vencido, además no me quedan ideas exteriores que aspirar, el imperativo es recargar decadencia, sentir que el fracaso personal puede ser entre otros un motivo de envidia, envidian que tu derrota sea clara y distinta. Las fiestas las componen individuos y espacios que gocen de la debida amplitud para contener ansias acumuladas de compartir, es común que las penas y el agotamiento se calmen en los exabruptos provocados por el vaso que rebosa, y es erróneo, las lástimas acaban apoyadas en un oyente que te las escucha y que sin él saberlo te está descargando de responsabilidades.Hace un segundo piso un charco y el bajo de los pantalones chorrea gotas de lluvia compactadas. Ha sido una entrada fulgurante, recapacito, una sacudida de manos al azar repleto de holas y qué tal estás y cuánto hace que nos perdimos la pista, un avistamiento en la noche etílica de la calle indeterminada del bloque de los buzones metalizados, en el número del estruendoso jaleo del crepitar de los brindis y los hurras al anfitrión. Las alabanzas nunca recaen sobre el que no se espera que acuda y parecía que yo no entraba en la lista primigenia que tenían en mente los desfasados intelectuales que se abalanzan sobre chiquitas universitarias recitando parrafadas que atribuyen a Marcuse o a Walter Benjamin, tanto da. Quizá el festejo sirva de ritual para conseguir el favor de la incomparecencia, faltar a la vida del día siguiente por ir demasiado borracho, demasiado enfrentar erguido el devenir, muchas cabezas que doblan el espinazo o que se arrodillan ante la taza de un retrete buscando la catarsis de ver su reflejo en las aguas residuales. A mí el demasiado se me queda corto, la fiesta la clausurará un joven indómito después de recorrer en excelente compañía cada uno de los dormitorios del piso, pero que sepa que el círculo no se detiene y ya le tocará llamar a un taxi, sacar el brazo por la ventanilla y pensar que los que se quedan, esos, están desperdiciando algo, aunque no sabrá por muchas experiencias atesore, exactamente el qué.