domingo, 26 de septiembre de 2010

74º- Seducción


Conozco hombres que tienen el don. Les viene de fábrica, no lo han aprendido, no lo cultivan ensayando posturas frente al espejo, es la virtud que los caracteriza y de la que presumen, hombres con toque, galantes, irresistibles. Son los menos, y yo, desde luego, no me incluyo entre ellos, entre la masonería de los solteros codiciados, entre los grupúsculos de rompe bragas. No, no sería admitido, es una logia de privilegiados, hombres cejijuntos, de orejas de soplillo, de bocas torcidas como las curvas que toma el metro haciendo que las luces parpadeen y que el metal suena a forzado, hombres rematadamente feos, Shrek que nos levantaba a la chica, adefesios cuyo catre retiene orgasmos, cuyas paredes retumbaron al compás de los suspiros incontenibles del récord de puntuación, y eso que en las artes amatorias se defienden sin más, nunca leyeron el Kamasutra ni desentrañaron los secretos del clítoris, hombres que necesitan de una mirada para que ronronees y adelantes el celo de la primavera. Enemigos del compromiso duradero, salteadores de divorciadas, de bocados en minifalda, de autostopistas, hombres a los que conozco y evito referir como altaneros o a los que evito parecerme porque supongo que el fracaso hundiría mi autoestima en el retrete en el que orinan henchidos de placer cuando cumplen, después de fumar el cigarrillo de después. Conozco a donjuanes que sembraron el terror en un convento de clausura, en la puerta de un instituto de secundaria, en la retorcida mente de un padre que no duerme porque a saber qué estará haciendo su hija con el pervertido que vino a recogerla y que ahora podría estar dejándola preñada o rompiéndole la virginidad, hombres que ofrecen fuego a una desconocida y tú sabes que les está dando a entender que atesoran fuego suficiente para quemar Roma, hombres desvergonzados, filántropos que aplacan las fiebres que incitaron con sus andares de cowboys. Cuánto tienen por mostrarnos.

Directamente conquistador, jamás pretendiente. Tocan el piano como se les supone a los ángeles que tocan el arpa, tocan la inseguridad y tocan la cintura agarrando en la forma la medalla de oro que se cuelgan al cuello como sin mérito. Los caballerescos zarandean el mérito quitándose el cumplido, los de reciente cuño embotellan un pelo de la axila de la colina tomada, maneras de retener un aroma, de etiquetar a la persona plastificada y usada y tirada y salpicada de la rugosidad del látex. Preservarán mensajes lascivos en la memoria de sus teléfonos móviles aunque de nada valgan porque la excitación no la alcanza por sí, desconoce el ritmo que prefiere en la masturbación, es un impedido sexual que necesita que se lo hagan, que siempre encuentra a quien dispuesta a asumir el rol de enfermera le calma los ardores intestinos que aúllan desde el bajo vientre. El sexo promiscuo, droga que pueden permitirse y que no destruye las neuronas ni sangra la nariz, el sexo como una ensalada, un aperitivo que condimentar al gusto, descabellado o elemental, atornillado o martilleando, harinados en la cocina o en la bañera tensando el músculo, resbalando en el cuerpo de dos cabezas el agua ardiente de una vocal prolongada sinónima de placer o de dolor. La figura que morirá sin descendencia reconocida, el Alfonso XIII que supera la inteligencia máxima permisible a un Borbón, el amante que haría las delicias de la exigente Ava Gardner.

Conozco a este tipo de hombres y los celebro. Dan una lectura poética y conformen cierran una estrofa abren un affaire con la segunda fila asiento B, que luego pasará a ser la chica del pelo anaranjado, que luego será una tigresa en un camping familiar, que más tarde quedará adscrita al club de las que pasaron y a las que les falseé la dirección a la que podían escribirme cuando quisieran o estuvieran de paso y alentarán repetir tras buscar infructuosamente. Son el León de la Metro Golden Mayer que se come una pantalla de un cine o un culo respingón. Figuras a las que ofrecer ofrendas, una asistenta que nos limpia la casa una vez a la semana y que aceptaría estar pluriempleada, a un tiempo trabajando la cocina y al capataz, al salón y al señor que le paga; una hija que nos salió horrenda porque aquel sábado nos cogió desganados y porque el dentista no les apretó las tuercas al aparato que le iba a cuadrar la dentadura; una mujer a la que la menopausia volvió sedienta de ímpetus animales y a la que, lo sientes en el alma, no puedes colmar. El hombre que tiene toque conduce enflechado y sin copiloto y reposta en una gasolinera y no regresa con un frasco de gaseosa o un paquete de pipas, tampoco con una prostituta, puede alcanzar a volver rodeado de lo que él denominaría “amiguitas”, que por supuesto le van a trastocar el sueño dejándolo extasiado- y en éxtasis si lo tienen ensayado y se compaginan en orden-, que van a gemir como hienas mordidas por tigre, como Zar Nicolás ajusticiado en una cabaña. Conozco porque me han contado, sé de epopeyas que no comparten dormitorio, de rapidez en un retrete de un restaurante donde el ajetreo de la cocina tapaba el silbato de la olla a presión, conozco y siento tristeza, por ellos y por mí, a ver si la vida va a consistir en tener mujeres como quien tiene ajedreces medievales, a ver si todo se reduce al coito, a hacer el amor, a follar. Con la de cosas que hay. Cuántas. Díganme que sí.

73º- Facciones


Abro el periódico por sus páginas centrales y leo que dos aficiones en una cancha de baloncesto en Turquía se han enzarzado en una trifulca que llevó al árbitro a suspender el partido y a casi un centenar de aficionados al hospital, con los cráneos colgando de las brechas, con los labios cuarteados de recibir golpes en el mentón. Salto la noticia por habitual, porque me deprime el deporte convertido en credo, y entro en los vericuetos de la política, un país ha retirado el embajador asignado en otro país con el que mantenía unas complicadas relaciones, se acusan mutuamente de tensar la cuerda en torno a un enclave cuya adscripción permanece en el aire, Danzig en el siglo XXI, y esto ha hecho sonar las alarmas entre la diplomacia que teme que el status quo se quiebre y de la tierra surjan los esqueletos andantes que armados con azadas decapitarán a los mandatarios que amasaron fortuna recalificando cementerios, asentando subterráneos encima de la memoria de los héroes caídos en combate cuando todavía se combatía en armas la pertenencia de un lugar a una nación, cuando las naciones aún significaban algo. Paso a las comidillas que se cuecen en “sucesos”, en la geografía norteña una manifestación ha caldeado los ánimos de los vecinos de una urbanización que garantizaba tranquilidad y a la paz y que se ha visto perturbada por una turbamulta de incontrolados que exigía que se respetaran sus derechos fundamentales, ante lo cual, los modélicos ciudadanos reaccionaron, primero ondeando consignas contrarias a los inconformistas, y después, lanzando desde sus terrazas televisores de pantalla plana que al impactar en el organizador de la algarabía encendió los ánimos y los cócteles molotov, los daños materiales son cuantiosos y las víctimas lo de menos puesto que estaban en el ajo y merecían un correctivo, la paz la traen las fuerzas del orden a las que se opuso la multitud gritando al unísono, aunando, ahora sí, esfuerzos.

Llegará el día en que no abra el periódico, que me canse del masoquismo de encender la televisión cuando el almuerzo aunque los hutus y los tutsis firmen un alto el fuego, junto al polvorín siempre hay una toma eléctrica de tierra que suelta chispazos y una mecha obra del mismísimo diablo. Los bandos, los emblemas tatuados en la espalda de por vida, las trincheras de los que hacen piña defendiendo la supremacía de la raza blanca, los demócratas que con el corazón presiden una Comunidad Autónoma y que blanden una constitución entre muchas haciendo que parezca que sostienen la Santa Biblia, o Rayuela, o la Ley Orgánica del Movimiento, los porteros de discoteca que te ponen la mano en el pecho, que te ponen cara de perro y ni se dignan a mirarte, impidiéndoles esto comprobar que eres una persona igual a ellos, y amenazando de que si te pones farruco te van a clavar una navaja en el esternón y a dejarte en el cubo de la basura. Un desperdicio, el mediador y el diplomático comiendo canapés de salmón y bebiendo un rioja espléndido en un palacio de invierno con guardias de seguridad privadas que contienen a los que gritan “Abajo la Bastilla”, y tú que sufres del conflicto y sufres de hemorroides, poniendo las esperanzas en que estallen las flores que un bombardero lanza sobre la Plaza de Mayo, que interrumpe el recreo de los críos que salieron de Conocimiento del Medio o de Matemáticas Estadísticas, rezando- y eso que no comulgas con deidades- porque se destruyan o depongan las armas, pero que lo hagan de una jodida vez.

En microcosmos como el trabajo de oficina también existen divisiones internas, pugnas por llevarse el gato al agua que de postergarse y durar será un agua estancada, un charco, un mar muerto, o si lo prefieren, un mar sembrado de muertos. De sobra se conocen casos del tipo de firmantes de apoyo para que el tabaco sea prohibido en el edificio y su contrario, el del grupo de presión que insiste que en el descanso pueden disponer según convengan, y ello incluye llenar el pulmón de humo y raspar la lengua de nicotina. De una forma u otra te engatusan y te posicionas, ya en un corrillo en el que expresas en petit comité pero que habrá de retratarte aliado de una posición y enemigo acérrimo de su opuesto, ya firmando porque un garabato no daña a nadie, porque nadie lo tomará a lo personal dado que es una nimiedad ocasional, un detalle, pero las facciones y sus mandamases son capos de la mafia, ni olvidan ni perdonan, y te sitúan en la lista negra y la tinta es permanente y aduces en tu defensa que no querías granjearte enemistades en el trabajo, además tú no fumas desde que a tu padre un edema pulmonar lo dejó en una silla de ruedas, sólo te solidarizaste pero sin ser ni siquiera una protesta silenciosa. Das testimonio, intentas apartarte. Imposible. Las facciones exigen, serás adepto u opositor, del Barça o del Madrid, de izquierdas o de derechas, vasco o español, capitalista o comunista. Al objetor de consciencia lo desinfló la sobreabundancia de anarquistas, a los anarquistas el olor mentolado de sus chicles. Implora que te hieran en breve para guardar cama en la enfermería, aunque allí llegan las facciones, los del más acá y los del más allá, claro que los segundos son mayoría y no marchan apresurados, se saben de inicio con ventaja.

72º- Mall


Hace unos días degusté una lúcida reflexión sobre las cajeras de supermercado y el trato que le dan al cliente que les llena la cinta transportadora de productos marca blanca. Y dado que no soy un creador del que brotan temas de la nada y se ramifican hasta tocar la nube en el cielo despejado, y dada mi ineptitud para sentar cátedra porque lo mío es bucear y rescatar el ancla de las profundidades, voy a tomar prestado por el borde e intentaré reconstruir el objeto alterándolo a mi manera, sustituyendo a la persona, a las empleadas y a los compradores, centrado en el lugar, en el espacio de estanterías y frigoríficos, en las ofertas y el 3x2, ya que lo que nos hace movernos de casa un Viernes tarde previo visionado de una película de Scorsese, no es la voraz necesidad del consumidor, ni del proveerse por si se diera el caso un ataque nuclear. El intríngulis de las grandes superficies está en sus pasillos de lozas resbaladizas, en que nos exigen despojarnos de la lista de la compra, a partir de aquí- anuncia el slogan- entra usted en el terreno donde los sueños tienen precio y código de barras. Procuraré mostrar la equidistancia de un simple observador, como José Antonio Marina, o Vicente Verdú o Gilles Lipovetsky, sin decantarme por el Alcampo en detrimento del Día, omitiré el engaño en cuanto a cantidades de los productos Dani, evitaré tratar de la laberíntica y muy molesta ordenación en dos plantas de las cadenas Mercadona. Sociólogo en un hipermercado busca el secreto que reúne y aglomera a las diferentes capas sociales en un espacio constreñido sin que se maten entre sí, equiparados gracias al objeto que se apresuran en añadir a la cesta de la compra, producto que se convierte tras la transacción en aquello que certifica que hay sitios donde cualquiera es igual a otro, puesto que allí lo personal caduca ya desde el aparcamiento.

Y es que al entrar en un centro comercial penetras un universo de fantasía, el sustitutivo semanal y cercano del parque de atracciones. Acechas la sección de juguetería regresando a la infancia cuando rellenabas una interminable carta para los reyes magos que nunca empleaban toda la magia que se les presupone contigo, que nunca colmaron tus peticiones. Compras un paquete de folios, de 500 unidades, y rememoras los días previos al inicio del curso escolar, el año que estuviste colado por Lorena y perdiste la vergüenza y recibiste una negativa cortés pero rotunda por respuesta, el año que menos atención prestaste en clase, es decir, en el diste uso a menos folios. Te acercas a donde los televisores y aparatos electrónicos, no en vano has crecido y llevas por una casa sobre los hombros, la cual dispones acorde a los últimos adelantos, estás a la moda y si ello necesita un sinfín de cables, así sea, y si la exprimidora se rompe no la reparas, tienes una excusa perfecta, vas a renovarla, la sustituyes. El supermercado como una máquina del tiempo en la que viajas hacia atrás y hacia el futuro. Qué contar de la alimentación, esos manjares que quitan la ansiedad a las noches de insomnio, comida congelada o envasada o enlatada, al alcance de tu mano que se extiende y la toma al por mayor, no vayas a pecar en defecto y luego suban los precios. Hoy no se precisan asistentas que nos hagan la compra y nos libren de decidir, lo tenemos al completo, mezclado, artilugios de jardinería con mandos a distancia universales, Best Sellers y Lambrusco, fruta de aspecto inmaculado y pescado fresco traído de la costa anteayer. Aquí no haces amigos, le juras fidelidad al sitio, a los carros de agarre acolchado y traqueteo intermitente. El comercio como distracción.

He llegado a colmar una tarde aprendiendo la contingencia de precios de las longanizas, de los packs de atún, en diferentes establecimientos, comparando los anzuelos publicitarios. Soy un consumidor cabal, un adicto a la tesis marxistas de la economía: dependiendo del valor de uso de lo producido será el valor de cambio entre el que vende y el que compra. Está incorporado en la genética, los chicos disfrutan acompañando a sus abuelos el sábado por la mañana al mercado del barrio, y sin embargo traicionarán el localismo queriendo abarcar la amplitud y a su vez sus hijos serán presas de la hecatombe del “hágalo usted mismo”. Conducirá la generación venidera un armatoste dispuesto a cargarse de bolsas ecológicas, provisto de un maletero donde no sólo un fallecido reposaría en la posición adecuada, donde cabría una fosa común de croquetas de esas que al echarlas en la sartén hacen agua, donde los niños (que son tus nietos, o los míos) pueden meter el Hello Kitty tamaño Godzilla que compraron porque les debían el regalo de cumpleaños y porque les apetecía y podían permitírselo. En el centro comercial las edades no cuentan, al pasar bajo su carteles luminosos el reloj físico se detiene, la mente se dispersa azuzada por la curiosidad. Recomendados para paliar los efectos del estrés, de la infelicidad prolongada, desaconsejables para perezosos, eruditos. Y no quisiera extenderme, dejo secciones a explorar, descubran por sí mismos. Rezan los altavoces y se suple el órgano por la música de hilo ambiental, menos barroca, más sosegada. Los centros comerciales como templos paganos.

71º- Estarás copado


Probablemente esté equivocado, que tú no seas el blanco de tiro y que yo dispare con la ley “suelta el gatillo, toma lo que te pertenece”. Y que no lo haga en legítima defensa y cometa asesinato. Seré consecuente, el tiempo no hace justicia a los chivos expiatorios. Si te herí al menos te llevarás los honores, la estrella púrpura al valor, las condecoraciones y emblemas que adornarán la solapa del pasado, las recomendaciones que circularán como la pólvora hacia el escalón desde el que recibirás las alabanzas de una multitud de súbditos anhelantes de protección. Si sobreviviste… Pero que sepas que no me arrepiento, la penitencia es cosa de fanáticos que nunca las tuvieron todas consigo. El que me cogiera en un renuncio o dubitativo, según la cláusula de principios cardinales que redacta la persona, debía ajusticiarme, guillotinarme, apalearme, no pienses que los mosquitos son selectivos a la hora de extraer de la picadura, la elección se ajusta a la cercanía, los parámetros compuestos que reparan en si la sangre dulce o amarga los estableció alguien a quien apuesto me sería imposible tratar con camaradería. Ámame o déjame, sírvete del melodrama, calúmniame en la sección de cartas al director de un diario de provincias, rasga mi reputación como harías saltar las costuras de un mantel cosido en las Filipinas por un atajo de esclavos siervos de un telar y de una artesanía 100% europea, lanza el recuerdo a través a la cuneta de la autopista que transitas burlando el asfalto resbaladizo a toda velocidad. Piensa en lo que fui siquiera por unos instantes, el otro que te saluda en el espejo cuando comprobabas que el conjunto iba acorde, camisa blanca- pantalones oscuros- cinturón marrón. Tráeme de vuelta, concédeme la condicional, si me porto, si no armo jaleo, si ocupo el espacio asignado, no en vano yo soy tú, o lo fuimos, y sueno a psicópata, por lo que tomaré el desvío de la concreción para evitar malentendidos.

Cualquier análisis de una naturaleza orgánica depara irrefrenables direcciones, un cruce de senderos, una arteria obstruida porque en ella desembocan las células necesitadas de un baño tonificante en aguas heladas, a poder ser en un jacuzzi. Cualquier persona es inestable, hay que tratar a la gente pensando que son pólvora, jarras de porcelana traídas desde oriente siguiendo la ruta de la seda, perros afectados por un virus que se creía extinto y que reverdece su mansedumbre impidiéndoles ver el bosque bitonal entre tanta fidelidad al dueño al que atacan y arrancan una costilla a mordiscos. Tú- y yo- deformado en la educación privilegiada, especial para pupilos superdotados, imaginando persistente que eres otro, un mesero que por cada terrón de azúcar que despacha consume unos gramos de sal porque él le ha declaro la guerra a los dulces ya que odia en su esposa la voracidad con la que ingiere pasteles con el café tras el almuerzo, un ballenero que clava el arpón en su presa y la trepa hasta encaramarse a lomos de la bestia que llora, para domarla y que cabalgue por los mares como imitando a Henry Fonda o a Lee Marvin, el forajido pirata que extiende el desierto y detiene el curso de los transatlánticos y confina a los capitanes y contramaestres en la funda de su revólver, hasta que se asfixian, hasta que lo tratan como a un igual. Quisiste cambiar y lo lograste. Echaste el guante a la identidad más a mano y aparecí, y no niegues que nos apañamos, errores y aciertos, pero conviniste en solitario borrarme del mapa, eras un Stalin que de los archivos secretos saca a los purgados generales que les sirvieron de apoyo. Sanaste, ya no eras bipolar.

¿De veras crees que un cadáver en el fondo del río no va a encaramarse por entre las escamas de los peces y circular invisible hasta dar contigo donde quiera que estés para soltarte una fresca, para escupirte a la cara y hacer que bajes la guardia y apoderarse de lo que nunca debió de serle expropiado? Reclamo lo que es mío, mi parte. La persona que no vive una contradicción es una efigie de mármol a la que cagan las palomas. Acata el mandamiento, conócete a ti mismo, pero no desgajes las partes, no amputes los miembros que menos favorezcan la figura acomplejada que paseas edificando prosperidad. Soy tu lado loco, el que saca las castañas del fuego cuando el carbón se secó y nadie te presta un encendedor para reanimarlo, soy un Cristo en forma de voces que en la mente hacen cosquillas y en los brazos dan sensación de amago de infarto. He regresado para quedarme, no me culpes de las decisiones consensuadas, así vamos directos al frenopático o a colgarnos de una soga y a patear una silla para probarnos Houdini que levita. Como muestra de consideración he conseguido unas balas y una culata que encaja con la palma de la mano que pongo a tu completa disposición. La pelota está sobre el tejado, recogerla o esperar a que caiga. Hagas lo que hagas será la última decisión unilateral que tomes y por la que asumas individualmente las consecuencias.

domingo, 12 de septiembre de 2010

70º- Versificador


Los poetas ya se burocratizaron. Casados con novelistas de éxito que trazan prosas lacrimógenas en torno a un cadáver picoteado por los buitres en el marco de una guerra muy, muy lejana; de jurado en un concurso literario trampeado porque un sobrino del concejal del ayuntamiento maneja las palabras como nadie y claro, hay que sostenerle la ilusión; tras un mostrador en una cafetería desayunando croissant y zumo de naranja, componiéndole un intento de estrofa al olor a asfalto que desprende la cabellera del camarero, observando de reojo que marquen en punto y le toque regresar a la ocupación que la necesidad le obligó a escoger, maestro de escuela o repartidor de propaganda de una gran superficie, para la sociedad actual tanto monta, ¿A quién importa el suspiro del poeta que caza el vuelo de una golondrina simulando que su lápiz de punta afilada es una escopeta recortada y que con su puntería da en blanco? ¿Oyeron el estribillo de aquella canción “los poetas han muerto”? Pues bien, lamento contradecir, se suicidaron faltos de valor, imposible encajar en este devenir de las prisas y los atascos y los revivals históricos, les pesó la herencia y dejaron que la mirada los condujera al vacío, o peor, a repetir las consonantes acentuadas de un autor maldito al que recitan sin parar cuando beben chupitos de anís o cuando no tienen qué ofrecer a la conversación. Los suicidó el lamento de la ciudad que se cubre las arterias no vaya a introducírsele una metáfora que le reviente el subterráneo, las grabaciones de móviles de cada gesto o tic nervioso transformadas en mofa una vez se sacan de contexto, eligieron irse o ocultarse en las catacumbas dado que a las violetas las llaman ahora moradas, y a las moradas inversión a largo plazo, fueron expulsados- invitados a marcharse- del paraíso que nunca fue sino una imagen cartografiada que los mantuvo en el meollo. Inevitable, el poeta no tiene inspiración, la inspiración jamás tuvo al poeta.

Los chicos, a los que apenas les alcanzan los centímetros para montar en la atracción estrella de feria, riman las frases sin darse cuenta, poseídos por el ánima de Gloria Fuertes, hablan en chascarrillo el lenguaje de sus abuelos, luego leen, conforme exige el sistema educativo, los clásicos: Sonetos, redondillas, octavas reales, Quevedo, Góngora, Sor Inés, Espronceda. Y les da para componer, qué diablos, es sencillo, es aritmética. Sueltan la parrafada del tirón, siguen la estela de polvo de estrellas que desprenden las metáforas de las que presumen, visiones reveladas que establecen la conexión entre cosas en apariencia inconexas, “el indoloro fondo de los muslos que al tocarlos deshicieron el compacto de la nube de la que partían” o “estás tú tan distante que yo voy a alternar los lugares por ver si así te enteras de que existo, por ver si te estuvieras quedando ciega”. La poesía, el ente homérico progresado y corrompido, tiene imán para la juventud ya que en ella cualquier disparate tiene cabida, ahí Apollinaire, o Hugo Ball o cerquita, Aleixandre. Con una estrofa lograda puedes ablandar un corazón o incitar a unos flujos vaginales o provocar una erección, el poema cumpliendo como una llave maestra en la relación entre el creador y el receptor, cumpliendo como cumple una pareja que ha rebasado los cuarenta, los sábados noche, luces apagadas, 23:00 P. M.

Sí, señoras y señores, niños y niñas que no conocéis aún el campo de Castilla, los poetas envejecen y las malgastadas cuadrículas que llevan consigo también. Pueden cantarle al tierno sabor de unos labios vírgenes pero es inminente el momento en que los labios estén gastados y cuarteados por la exposición prologada a las alabanzas, podrían cultivar la nostalgia y engordar las vivencias a base de recuerdos inventados, y lo harían si es que no lo hacen en la actualidad- dejé de leer poemas, se me volvió ininteligible la lógica de puntuación, lo obsesionados que estaban con barrer coloquialismos y triturar aquello que sonara a verdadero- porque en la ignorancia no reparan que pisaron Ítaca y que hospedados en una cantidad lo pertinente es emprender la marcha y trazarse una epopeya que reinicie el sistema exento de virus e influencias perniciosas; porque los reyes magos son un cuento que no se sostiene ante Santa Claus, dado que a éste lo antecede un poema nórdicos “El Kalevala” que mantiene el encanto estilo intimista Jean Pierre Jeunet, varios milenios después de ser originado por un vulgar trovador al que le tiritaban los dientes cuando nevaba, y en esos parajes la luminosidad y la escarcha contenían propiedades que menudo engaño lo de la baba de caracol; porque fui poeta y me reconozco en lo dicho, y rechacé el término “soledad” en múltiples ocasiones en las que usarlo me hubiera sido beneficioso, y no desisto aunque controlo el impulso de un inicio fulgurante y rompedor: “El poeta compone su verso/ fuera un jilguero y un grillo le hacen de escribas”, y confieso que la avioneta que cogí pilotada por beatniks perdió la hélice y sus dos motores. Siempre nos quedarás, Pessoa.

69º- Recogida de datos


Nunca quise ser un James Stewart de pacotilla repartiendo felicidad en nochebuena, en cambio sí que he imaginado que soy un parapléjico que desde su silla de ruedas cultiva el placer del voyeurismo. Cuestión de preferencias, lo mío es sórdido y algo enfermizo, por ahora cumple las expectativas, ¿hasta cuando?, pasar al siguiente nivel ni me lo he planteado, más que nada porque desconozco que tendrá de particular y porque por ahora me vale con intentar desentrañar que hay tras el toldo y los barrotes pintados en rojo y las macetas y la ventana. Intentaré situar/lo/los/me: A una distancia prudencial que me permite ver sin ser visto, a unos cinco metros- medición aproximada- un bloque de pisos y en la primera planta cuatro huecos en la fachada, cuatro ventanas, dos de ellas individuales, las otras dos pertenecen a la cocina y al salón, ventanas sobre las cuales la luz del sol da de lleno justo cuando pasa el mediodía, puede que por ello los toldos las cubran, para que el interior no les resulte a sus habitantes una caldera en ebullición. La estancia se asienta en la entrada número 36 y tiene dos pisos hasta el tejado cubierto, no sé dónde tenderán la ropa, no conozco qué fue de las antenas que inundan el paisaje de las viviendas comunitarias. Al asomarme me percato de que compartimos cierta simetría, su sala de estar coincide con la mía, al igual que sus dormitorios, la salvedad reside en que las cortinas las descorro al levantarme para que la claridad exterior me desperece mientras allá al otro lado permanecen impermeables a las miradas de los curiosos que como yo, olfatean lo que no les incumbe para que la nariz no se les quede obsoleta, no obstante pese a ser un hombre retraído y al decir de cualquiera introvertido, me puede investigarlos, y aunque los hallazgos sean las anomalías no me resiste el placer de anotar los movimientos ya menos extraños.

La silueta de una chica ataviada con una camiseta blanca que le marca el sujetador se pasea por su habitación, nerviosa, atareada, parece que le apremia encontrar un libro en una estantería de metal repleta de volúmenes coloridos y de gran tamaño, dada su edad- que coincide con la mía, siendo ésta indeterminada- seguramente estudie algo relacionado con las Bellas Artes, apostaría a algún asunto relacionado con el diseño gráfico, pura suposición, me tiene descolocado, es una sombra vampírica de un riquísimo mundo interior, el contacto que mantiene con el resto de sus familiares suele ser escaso tirando a nulo, su nombre es Laura. La cuota infantil la cumple un muchacho rubio que viste una camiseta de la selección de fútbol de su país y se acerca a los barrotes como un recluso al que por mal comportamiento prohibieron salir al patio, nunca juega a la pelota, tampoco es travieso, recuerda a un alma en pena que espere crecer para manifestarse. El lugar de papá y mamá también queda cubierto con la figura oronda de un señor opaco en sus manifestaciones y de una ama de casa cuya acción repetida e insistente consiste en abrir y cerrar el frigorífico, típica pareja entrada en la rutina de criar vástagos y procurarles alimento, presumo que comen juntos en una mesita blanca cubierta por un mantel sin florituras junto al fregadero.

No me juzgue, no estoy obsesionado, evito ser descubierto y me camuflo en una cita de una colega de oficio bastante presuntuosa: los demás, los de fuera, están ahí para que los pongamos por escrito, son de atrezzo. En ocasiones imagino que los de enfrente a su vez me observan mientras fingen ver el televisor, arrellanadas en sus sillones, en esa hora en la que las bombillas de la calle se encienden y las voces de las calles aflojaron su intensidad, nos contemplamos mutuamente, ellos multitud, yo en solitario, pensarán que mis quehacer son monótonos, sino a qué meterme en una estancia que rezuma convenciones, no montan juega y ni gresca, no estrechan lazos con el vecindario. Por descontado, la hija es el enigma de esta ecuación o al menos le he asignado la condición de elemento pendiente de una evaluación definitiva, una excusa para rellenar la libreta de impresiones tomadas al vuelo y formarle una personalidad de cualidades sobresalientes, la manera que tengo de quemar las tardes decrecientes de septiembre, un entrenamiento para comprender los entresijos de una familia funcional, una huída de la primera persona como haría un espía que persigue observador y anota y descifra la información para esclarecer la trama de la que quiera o no forma parte, los que nos ven o nos vigilan contribuyen a formarnos una idea de nosotros mismos, alteran el patrón de comportamientos que desde lejos adquiere un sentido que posiblemente Laura, o el niño de la camiseta futbolera o la madre que se desvive por cuidar a su progenie no conozcan pese a ser los creadores y los protagonistas de la narración que para ti sólo son ideas sueltas, la estructura de una historia atribuida- porqué no- a Samuel Beckett.

68º- (In)madurez


Érase una vez un chico- excúlpeseme por el uso prologando de la voz masculina, en realidad es intercambiable, es de género neutro- adelantado a su edad, que recibía los honores de un adulto porque había asumido las obligaciones de éstos, y no lo hacía nada mal, llevaba las cuentas de su vida al día sin descuidar el mañana, preparado ante lo que se le pusiera por delante, hambriento, ningún reto era una utopía que no pudiera sostener en la palma de su mano y posarlo donde le viniera en gana o cerrar el puño y estrujarlo como se hace con las páginas que un escritor se empeña en narrar recurriendo a la vaina de retroceder en la tercera persona que inventa para no quedar expuesto a lo biográfico. Érase del aburrido y etiquetado, y cargante y muy formal, y educado y cuidadoso en el trato con sus superiores, y prototipo del yerno perfecto cara a una suegra meticulosa, y empleado del mes a buen seguro que no se relaja por condecorado, y érase de un soporífero chico, maduro como si las experiencias no fueran sino una lámpara que ilumina sólo a quien la sostiene- que diría Celine-, que sintió la torcedura de una rodilla debido al peso de las responsabilidades, el chico que varió el supuesto segmento que continúa saliendo del encerado en una clase en la que los alumnos no logran explicarse dónde demonios acaba esa línea, y plegándose consiguió introducirse en un sobre al que marcó con un matasellos ridículo de un personaje de Disney, y que remitió a sí mismo, para despedirse de su anterior yo, fue del revés queriendo recuperar la ingenuidad, queriendo contentarse en guateques a los que acudiría estrafalario y en los que nadie se escandalice de su comportamiento, quiso reinventarse y lo primero era despedirse de uno no fuera que la valija ontológica fuera un dolor de muelas que le sustrajera movilidad a la hora de flexionar el codo.

No le resultó complicado porque seguir la inercia es retroceso, añadamos que al ser su esencia la de un transformista los decorados lo asumían, dejó de ser un chico listo, de ahora en lo que resta potenciaría el lado de Peter Pan, de niño perdido, sería una rocambolesca forma vida, volvería a desempolvar la veleta que le marcase un rumbo aleatorio, nunca nadie se lo iba a prefijar, nunca hipotecaría el disfrute de una embriaguez que acaba en resaca de domingo por un alentador panorama de billeteras abultadas, nunca comprometido con algo de lo que no pudiera desligarse, sería un perpetuo muchacho sin contrato que le venciera para darle cabida a una seriedad sobre la que escupía, fue arisco, fue tosco y exquisito, escupía en la fotografía del chico maduro que recibía espaldarazos y al que las puertas y las secretarias y la confianza en lo que pudiera llegar siempre le había estado abiertas. Reformó su habitación, dejó las paredes blancas, retiró los retratos de sus seres queridos, cambió el estilo de vestimenta, rejuveneció de repente una década y por ello, infiltrado en una generación que vio de chica otros dibujos animados, que apenas tarareaba las canciones de Juan Luis Guerra, el tratamiento de choque fue eficaz, experiencia que nos viene- eligió- antes que sumergirme en una experiencia contaminada por las meadas de los que ya se secaron para tomar el sol.

Érase una vez un chico que en contadas ocasiones definía a las personas usando la dicotomía madurez/ inmadurez, el significado que adquirían en su boca estas dos palabras era metonímico, no coincidía con lo convenido en el diccionario. No existe el momento cumbre en el que pasas de ser un inmaduro, un cachorro, a ocupar el puesto de la manada porque el sentido común está pendiente de que el cincel le descubra nuevos pliegues, porque tampoco es científico o inevitable que madurar sea la solución ante el embolado en el que por obra y gracia de un espermatozoide participamos. Este chico del que hablo defeca encima de aquellos que presumen de tener un raciocinio prodigioso que se comportan y están a la altura, sigue con la penitencia de haber sido uno de ellos, pero dentro de un plan de testigos protegidos espera derrotarlos usando contra ellos la información que tiene de primera mano, los datos retenidos por la memoria a la que suplantó por un olvido pragmático. Érase de un chico que cuenta que llegó el cambio y los inmaduros gobernaron la tierra. Érase un inmaduro que no sabe de qué va en realidad la trama e introduce paralelas en tinta transparente, que debería de conformarse con haberse cambiado a sí mismo pero no se deja, quizá por complejo de profeta, quizá porque conoce estupendamente lo que conlleva el elogio “aparenta una madurez impropia”. Si me lo permiten, déjense contagiar.